Spanish Cozy Anime

Pedro y el Cometa Pelusa

Made for Pedro

Hay estrellas que se están quedando dormidas. Hay colores que empiezan a desaparecer. Cuando un bostezo gigante amenaza con cubrir el universo de gris, un niño llamado Pedro y su valiente hámster, Pelusa, descubren que el superpoder más grande no está en ningún invento... sino en la amistad. Una aventura para demostrar que hasta el amigo más pequeño puede desatar la risa más grande de la galaxia.

Where it began

It started with a spark

Every Imagibo book grows from a few simple choices. Here's the spark behind this one.

The heart of the story

Pedro y su hámster Pelusa descubren que la verdadera amistad entre personas y animales puede superar cualquier obstáculo, incluso salvar el universo entero de una invasion de villanos espaciales.

The hero

Pedro · 8 years old

Pedro es un niño aventurero y curioso de 8 años con el pelo negro alborotado y ojos grandes llenos de energía. Vive con su familia y tiene como mejor amigo a su hámster, al que quiere muchísimo. Pedro siempre está soñando con vivir grandes aventuras y le encanta explorar lugares nuevos. Es muy valiente, divertido y un poco travieso. Le encanta la ciencia, los gadgets y los animales.

A companion

Pelusa

Pelusa es el hámster de Pedro, un pequeño y gordito roedor con pelo marrón y blanco. Aunque es muy pequeño, tiene una personalidad enorme: es curioso, valiente y siempre quiere meterse en líos. Es el mejor compañero de aventuras de Pedro.

Magic level

Dreamlike Magic

Illustration style

Cozy Anime

Dreamy, intimate anime-style illustrations that capture quiet everyday moments with a touch of magic.

Themes

Space Adventure Superheroes

The cast

Meet the characters

Some come straight from the original idea; others appear along the way. Each one is illustrated to stay true from page to page.

Pedro

Pedro es un niño aventurero y curioso de 8 años con el pelo negro alborotado y ojos grandes y brillantes llenos de energía. Es valiente, divertido y un poco travieso. Le encanta la ciencia y los gadgets, pero su mayor tesoro es su hámster Pelusa. Para sus aventuras espaciales, viste un pijama de una pieza de color azul noche cubierto de estrellas que parpadean suavemente. En la cabeza lleva un casco de cartón plateado con una antena en espiral y unas gafas de aviador de juguete sobre la frente, siempre listo para descubrir nuevos mundos.

Pelusa

Pelusa es un hámster pequeño y gordito, con un suave pelaje marrón y una mancha blanca en la barriga. A pesar de su tamaño, tiene una personalidad gigantesca: es increíblemente curioso, valiente y siempre está dispuesto a seguir a Pedro en cualquier lío. En su faceta de superhéroe, lleva una diminuta capa roja hecha con un retal de tela, atada con cuidado alrededor de su cuello. Cuando se activa su poder, su cuerpo brilla con una suave luz dorada.

El Gran Bostezo

El Gran Bostezo no es una persona, sino una inmensa nube amorfa de color grisáceo y apagado. Su única facción visible es un ojo gigante, perpetuamente somnoliento y lloroso, que se abre y se cierra con una lentitud exasperante. No es malvado, sino que anhela la paz del silencio absoluto y odia el ruido, el color y la emoción. Su voz es un susurro largo y cansino, como el viento en un lugar vacío. Su objetivo es que todo el universo 'se eche una siesta... para siempre'.

The finished book

Read Pedro y el Cometa Pelusa

Chapter 1: La estrella que se durmió

La habitación de Pedro no era una habitación cualquiera. Era una cabina de mando. Las paredes estaban cubiertas de mapas de galaxias lejanas dibujados con ceras de colores, y del techo colgaban planetas hechos con bolas de papel y purpurina. Aquella noche, el capitán Pedro estaba arrodillado en el suelo, alisando con cuidado un nuevo mapa estelar sobre la alfombra.
—¿Ves, Pelusa? —le dijo a su primer oficial, que olisqueaba con interés una esquina del papel—. Este es el cúmulo de la Osa Menor. Y esta de aquí, la más brillante, es mi favorita. La llamo Titila.
Pelusa, su pequeño y valiente hámster, emitió un sonidito agudo, como diciendo: «Entendido, capitán». Se acurrucó en el hueco del brazo de Pedro, listo para escuchar el plan de la próxima expedición imaginaria.

Pedro levantó la vista hacia la ventana. Allí, en la inmensidad de la noche, Titila brillaba con una luz limpia y alegre. Pero entonces, ocurrió algo extraño. La estrella parpadeó una vez. Dos veces. Y a la tercera, sin aviso, se apagó. Como una vela soplada por un viento invisible.
Por un instante eterno, todo se quedó en silencio. No solo en la habitación, sino un silencio más grande, más profundo. A Pedro le pareció que hasta los colores del mundo habían perdido un poco de su fuerza, volviéndose un poquito más grises.
—Pelusa... —susurró, con la nariz pegada al cristal frío de la ventana—. Algo no va bien ahí fuera.

Justo en ese momento, un haz de luz de luna, más denso y plateado de lo normal, se coló por la ventana. No era una luz corriente. Bailó en el aire un segundo y luego envolvió a Pedro y a Pelusa como un abrazo luminoso. El aire olía a ozono y a sueños. Pedro sintió un cosquilleo por todo el cuerpo, como si miles de pequeñas burbujas de champán recorrieran su piel.
Cuando la luz se desvaneció, su pijama normal se había transformado. Ahora era de un azul noche profundo, salpicado de pequeñas estrellas que parpadeaban con luz propia. Pelusa, que había dado un respingo, se encontró con una diminuta capa de un rojo intenso y valiente atada suavemente a su cuello.

La cama de Pedro empezó a vibrar suavemente. Las patas de madera se encogieron hasta desaparecer bajo el colchón, que ahora flotaba a un palmo del suelo. De debajo de las almohadas surgieron dos pequeños propulsores hechos de tubos de cartón que empezaron a emitir un zumbido alegre. ¡La cama era ahora una nave cohete!
Pedro no necesitó pensarlo. Corrió a su escritorio, cogió su casco de comandante —hecho con una caja de cartón plateada y una antena en espiral— y se lo puso. Se subió de un salto a la cama-cohete y miró a su primer oficial, que ya estaba en su puesto sobre la cabecera, con la capa ondeando.
—¡Agárrate fuerte, Pelusa! —gritó Pedro, con la voz llena de una nueva aventura—. ¡Tenemos una misión! ¡Hay que despertar a esa estrella!
La cama-cohete se inclinó y salió disparada por la ventana abierta, dejando tras de sí una estela de polvo de estrellas.

Chapter 2: El planeta de los ecos grises

La cama-cohete navegó por un mar de estrellas silenciosas hasta que una esfera de cristal gris apareció en el horizonte. Aterrizaron con la suavidad de un susurro sobre una superficie que debería haber brillado con mil colores, pero que ahora estaba cubierta por una fina capa de polvo, como si el mundo entero se hubiera quedado dormido bajo una manta de aburrimiento. No se oía nada. Ni el viento, ni el tintineo de los cristales, ni el eco de las galaxias. Era un silencio tan grande que casi se podía tocar.
Pedro, con su pijama de estrellas, bajó de la cama. Sus botas hicieron un ruido sordo y triste sobre el polvo. Tocó uno de los gigantescos cristales que se alzaban hacia el cielo. Estaba frío y muerto. Pelusa estornudó, un diminuto «¡achís!» que sonó como una explosión en aquel silencio sepulcral.

—Esto no puede ser —murmuró Pedro—. Según mis mapas, este planeta debería cantar. ¡La música de sus cristales se oye a años luz!
Se negó a aceptar la derrota. Un buen capitán siempre tiene un plan B. Y el plan B de Pedro casi siempre incluía un nuevo invento. Se sentó en el suelo polvoriento, abrió su mochila de explorador y sacó un montón de cachivaches: un par de muelles, una pequeña bocina de bicicleta, cables de colores y un viejo despertador.
Con la concentración de un relojero y la rapidez de un mago, empezó a unirlos. Pelusa se acercó, olisqueando un tornillo perdido como si fuera la pista más importante del universo.
—Con esto, lo arreglaremos —declaró Pedro, conectando el último cable—. Te presento, primer oficial, ¡el Sinfonizador-Sónico 3000!

El Sinfonizador-Sónico era una obra de arte traviesa. Pedro lo levantó con orgullo, apuntó el embudo hacia el cristal más grande y tomó aire.
—Prepárate para volver a cantar, planeta —dijo solemnemente.
Apretó un gran botón rojo. El despertador empezó a hacer un zumbido creciente, las luces parpadearon... ¡bzzzz... bzzzz...!
Pero en lugar de una gloriosa melodía que despertara el universo, el Sinfonizador-Sónico emitió un sonido decepcionante y húmedo.
PLOF.
Una pequeña nube de humo gris salió del embudo y se disolvió en el aire silencioso. Y nada más. El planeta siguió igual de mudo. El corazón de Pedro hizo 'plof' también. Dejó caer los hombros, y con ellos, todo su entusiasmo. Se sentó sobre una roca de cristal, con el inútil invento en su regazo. Por primera vez en la misión, se sintió muy pequeño.

Pelusa vio a su capitán con la cabeza gacha y supo que eso no podía ser. Un héroe no se rinde. Con un chillido decidido, corrió hacia una de las rampas de cristal que se inclinaba elegantemente hacia el suelo. Sin dudarlo, se lanzó.
Como un diminuto bólido con capa roja, se deslizó por la superficie lisa y polvorienta, dando un gritito agudo y lleno de alegría. Y entonces, ocurrió.
Justo en la estela que dejaba Pelusa, una pequeña chispa de color brotó del cristal. Un arcoíris fugaz, del tamaño de una canica, floreció y se desvaneció en un instante. A la vez, sonó una única nota musical, clara y perfecta, como una gota de agua cayendo en un lago en calma.
Pedro levantó la vista, parpadeando. «¿Qué ha sido eso?», pensó. Vio a Pelusa llegar al final del tobogán improvisado, sacudirse el polvo y mirarlo como diciendo: «¿A qué esperas? ¡Es divertido!».
Pedro sonrió un poco, sin entender lo que acababa de ver, pero sintiendo un calorcito en el pecho. Se levantó, guardó su inútil invento y le hizo una seña a su amigo.
—Tienes razón, Pelusa. Aún no hemos terminado.

Chapter 3: El corazón del silencio

La cama-cohete siguió el rastro que no se veía, sino que se sentía: un camino de silencio que se hacía cada vez más espeso. El parloteo de las estrellas se había apagado. Las nebulosas de colores eran solo jirones grises. Incluso las lucecitas del pijama de superhéroe de Pedro empezaron a parpadear, como si estuvieran cansadas.
Llegaron al centro de la galaxia, que no era un sol brillante, sino un vacío inmenso y mudo. Y allí lo vieron. Flotando en la nada, había una nube gigantesca, amorfa, del color del polvo y la pena. Era El Gran Bostezo. Un único ojo gigantesco, lloroso y pesado, se abrió con una lentitud infinita, los observó sin verlos y se volvió a cerrar, dejando escapar una onda de sopor que hizo temblar la cama-cohete.

—¡Es... enorme! —susurró Pedro.
Una sensación helada le recorrió la espalda. El Gran Bostezo volvió a bostezar, un suspiro largo y cansino que sonó como el viento en un lugar abandonado. La onda de aburrimiento los golpeó de lleno. Las estrellas del pijama de Pedro se apagaron por completo. El zumbido de los propulsores de la cama-cohete se convirtió en un quejido débil y luego en silencio.
Con manos temblorosas, Pedro sacó su Sinfonizador-Sónico, su último plan. Apretó el botón. No hubo ni un 'plof'. El aparato simplemente se cubrió de una capa de polvo gris y se quedó mudo.
Pedro lo dejó caer. Se encogió sobre sí mismo, sintiéndose más pequeño que nunca. Todos sus inventos, todos sus planes de capitán intrépido... parecían un juego de niños tonto frente a esa tristeza tan inmensa. Apoyó la cabeza en las rodillas. No había nada que hacer.

Justo cuando una lágrima de frustración iba a escaparse del ojo de Pedro, sintió algo suave y cálido en su mejilla. Era Pelusa. El pequeño hámster había trepado por su pijama, se había colocado en su hombro y ahora le frotaba la cara con su morrito peludo y vibrante, emitiendo un ronroneo minúsculo pero insistente.
Era un gesto pequeño, uno que habían compartido mil veces. Pero en aquel lugar, en medio de aquel silencio infinito, ese pequeño acto de cariño fue como encender una cerilla en una cueva oscura.
Una luz dorada, suave y cálida como un abrazo, explotó desde el cuerpo de Pelusa. No era un rayo ni un ataque, sino una ola de puro afecto que se expandió por el espacio. La nube de El Gran Bostezo retrocedió, como si aquella luz le hiciera daño en su ojo somnoliento.

La luz se atenuó, pero Pelusa no dejó de brillar. Se quedó en el hombro de su amigo, envuelto en un aura dorada, pareciendo un pequeño y valiente cometa personal.
Pedro se secó la mejilla, que ahora estaba caliente no por una lágrima, sino por la luz de su amigo. Levantó la mano, no para coger un aparato ni para apretar un botón, sino para tocar suavemente el pelaje brillante de Pelusa.
Miró a su pequeño compañero, que le devolvió la mirada con sus ojitos negros y vivaces. Luego miró sus propias manos, las mismas que antes le habían parecido inútiles. Y por primera vez, Pedro entendió. El superpoder más grande del universo no se construía con cables y engranajes. Ya lo tenía. Y cabía perfectamente en la palma de su mano.

Chapter 4: El cometa de las cosquillas

Pedro miró a El Gran Bostezo, luego a su inútil Sinfonizador-Sónico en el suelo de la cama, y finalmente a Pelusa, que seguía brillando en su hombro. Una idea, no de un capitán, sino de un niño travieso, se encendió en sus ojos. Ya no tenía miedo. Abrazó a su pequeño amigo con cuidado y le acercó el morrito a la oreja.
—Oye, Pelusa —susurró, con una risita contenida—. ¿Te acuerdas de aquella vez que te metiste en la caja de harina y saliste pareciendo un fantasma diminuto?
Pedro no pudo evitar soltar una pequeña carcajada al recordar la cara de sorpresa de su amigo, todo cubierto de blanco.

El brillo de Pelusa se hizo más intenso. ¡Claro que se acordaba! Soltó un chillido de pura alegría y empezó a dar volteretas en el aire, como un pequeño acróbata espacial. La risita de Pedro se unió al chillido de Pelusa y se convirtió en una carcajada sonora, limpia y feliz. Y entonces ocurrió algo maravilloso: su risa compartida se volvió visible. La luz dorada se entrelazó con las carcajadas y juntas tejieron una estela de energía chispeante y multicolor que giraba a su alrededor, creciendo y creciendo.
—¡Eso es, Pelusa! —gritó Pedro, riendo a más no poder—. ¡Vamos a crear el Cometa de las Cosquillas!

Con un último grito de alegría, Pedro y Pelusa empujaron con las manos el cometa multicolor. No salió disparado con violencia. Se deslizó por el espacio con la elegancia de una pompa de jabón gigante, dejando un rastro de arcoíris. Su objetivo: el único y enorme ojo de El Gran Bostezo. La gigantesca nube gris vio acercarse la luz juguetona y parpadeó con una lentitud infinita, como si espantara a un mosquito. El Cometa de Cosquillas impactó. Pero no hubo explosión ni ruido. La estela de colores se deshizo sobre el párpado y el iris del ojo gigante, como si mil plumas de colores le estuvieran haciendo cosquillas a la vez.

El ojo se apretó con más fuerza. La nube entera tembló. Se escapó un sonido diminuto. Un... «ji». La nube se estremeció, como si hubiera tragado una burbuja. «Ji, ji». ¡Era demasiado! La burbuja estalló y el centro del universo retumbó con el sonido más inesperado y maravilloso del cosmos: una carcajada. Una carcajada atronadora, profunda, torrencial y liberadora. Con cada «¡JA, JA, JA!», una explosión de color puro salía de la nube. Rojo, amarillo, azul, verde... los colores del universo, que habían estado atrapados, brotaron libres, pintándolo todo de nuevo. Las estrellas volvieron a brillar. Las nebulosas danzaron. El Gran Bostezo no había sido destruido. Había despertado a un universo lleno de alegría.

Chapter 5: Buenos días, universo

La cama-cohete navegó de vuelta a casa a través de un universo recién pintado. Las galaxias giraban como carruseles de colores y las estrellas parpadeaban al ritmo de una canción alegre que solo Pedro y Pelusa podían oír. Ambos reían, cansados pero felices, mientras su nave improvisada entraba por la ventana justo cuando los primeros rayos de sol teñían el cielo de naranja y rosa. Con la suavidad de una hoja cayendo en otoño, la cama aterrizó en el suelo de la habitación. Los propulsores de cartón se convirtieron de nuevo en almohadas y el pijama de estrellas de Pedro perdió su brillo poco a poco, volviendo a ser de un simple azul claro. La aventura había terminado.

Pedro se deslizó fuera de la cama y corrió a la ventana. El mundo parecía nuevo, como si alguien le hubiera subido el volumen a los colores. El verde del césped era más verde, el cielo era más azul. Buscó en el cielo y allí estaba Titila, su estrella favorita, brillando con fuerza. Y a su lado, había un punto de luz que antes no estaba: una estrella nueva, muy pequeñita, que parpadeaba con un ritmo juguetón. Pedro sonrió. Sabía que era El Gran Bostezo, que ya no era grande ni bostezaba, sino que ahora era una pequeña risa en el firmamento.
—Buenos días, universo —susurró.

La misión había terminado, pero faltaba una última cosa. Pedro caminó solemnemente hacia su estantería y se quitó el casco de cartón. Lo colocó con mucho cuidado al lado de un dinosaurio de juguete, como un trofeo de una batalla ganada. Luego, se metió la mano en el bolsillo del pijama y sacó el tesoro más preciado para un primer oficial valiente: una pipa de girasol, grande y rolliza.
Se arrodilló frente a Pelusa, que lo miraba con sus ojitos expectantes.
—Por su valentía ante el silencio —dijo Pedro, muy serio, mientras le ofrecía el premio—. Medalla al valor para el Comandante Pelusa.
El hámster cogió la pipa con sus dos patitas y empezó a mordisquearla con un satisfactorio «¡crac!». Misión cumplida.

Aquella noche, ya de vuelta en su cama normal y corriente, Pedro se acurrucó bajo las sábanas. Se sentía cansado, pero era un cansancio bueno, el de una gran aventura vivida. Pelusa, con la barriga llena y el corazón contento, se hizo un ovillo sobre la almohada, justo al lado de la cabeza de Pedro.
Pedro lo miró antes de cerrar los ojos. No había cohetes, ni villanos, ni planetas de cristal. Solo estaban él y su pequeño y valiente amigo. Había descubierto que el universo entero cabía en su habitación cuando Pelusa estaba cerca, y que el superpoder más grande del cosmos era, simplemente, una risa compartida. Cerró los ojos y se durmió, soñando con el parpadeo juguetón de una nueva estrella en el cielo.

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