El sendero de espirales verdes los condujo fuera de la parte más densa del bosque. Los árboles ya no crecían tan juntos y, por primera vez en mucho rato, Rodrigo pudo ver un trozo de cielo. Fue entonces cuando lo oyó: un sonido bajo y constante, como una lluvia lejana. A cada paso que daba, el sonido se hacía más claro, más musical. Era agua. Una cascada. Con el corazón latiéndole deprisa, Rodrigo apretó el paso. Flux, en su hombro, pareció sentirlo también, y sus hojas de roble pasaron de un color cobrizo a un verde esperanzado. Salieron a un pequeño claro al pie de una pared de roca. Y allí estaba el final del camino. La entrada a una cueva, oscura y prometedora. Pero estaba bloqueada. Una monstruosa maraña de raíces grises, gruesas como brazos y ásperas como la piel de un lagarto, se aferraban a la entrada. Las rocas a su alrededor estaban cubiertas por la misma costra de apatía, sin un solo rastro de musgo o vida. Al acercarse, Rodrigo sintió una oleada de frío y cansancio que le pesaba en los párpados. La luz de Flux se debilitó al instante, volviéndose una mota temblorosa en la penumbra.
Un nudo de frustración se formó en la garganta de Rodrigo. Era la misma sensación que en el bosque: la de chocar contra un muro. Su primer pensamiento fue correr, embestir, buscar un punto débil por donde colarse. Pero se detuvo. Miró a Flux, que tiritaba sobre su hombro, y la imagen de su propio grito entre los árboles grises le volvió a la mente. No. Esa no era la forma. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, a una distancia prudente de aquella barrera de olvido. Con cuidado, cogió a Flux y lo depositó en su regazo. El calor de la criatura era apenas perceptible. Rodrigo necesitaba pensar. No como un entrenador que busca una victoria, sino… como un amigo que busca una cura. Miró sus manos vacías. Luego recorrió con la vista su mochila. El cuaderno de dibujo, la corteza de Elara… y la botella de agua. Estaba medio llena. Mientras la giraba entre sus dedos, un reflejo de la débil luz de Flux bailó en la superficie del agua, proyectando un punto de luz más brillante en su pantalón. Lo miró fijamente. El punto de luz se movía a medida que él movía la botella. Era pequeño, pero era más intenso. Una idea, frágil como una pompa de jabón, empezó a tomar forma en su cabeza. Se inclinó hacia Flux y le susurró el plan, con la voz llena de una nueva y temblorosa esperanza.
—Y si… ¿y si tu luz es la llave, pero necesita que la ayudemos un poco?
Se pusieron manos a la obra. Rodrigo se acercó a la barrera de raíces, con el corazón martilleándole contra las costillas, pero con los movimientos firmes y serenos. Flux trepó de nuevo a su hombro, como si entendiera la importancia del momento. Su luz, aunque débil, se mantuvo estable. Rodrigo respiró hondo. Sacó la botella de agua y la sostuvo con ambas manos, como si fuera el tesoro más frágil del mundo. Buscó el ángulo perfecto. La luz de Flux entró por un lado del plástico y, al atravesar el agua, salió por el otro, convertida en un haz delgado y concentrado de oro líquido. Era como sujetar un pincel de luz. Con una precisión de cirujano, apuntó el haz a una de las raíces más gruesas y grises. Al principio no pasó nada. Pero Rodrigo aguantó la posición, sin moverse, sin apenas respirar. Y entonces, donde la luz se posaba, un humo grisáceo, casi invisible, empezó a desprenderse de la raíz. La costra de Decoloración se disolvía, no con fuego, sino como el azúcar en el agua. Lentamente, un trocito del color marrón y sano de la madera original apareció por debajo.
—Funciona —susurró Rodrigo, sin atreverse a moverse—. Funciona. Ahora, Flux. Un poco más.
Como si le entendiera, la luz de Flux se intensificó un grado, y el haz se volvió más potente. Rodrigo empezó a moverlo despacio, como si estuviera coloreando un dibujo, barriendo la superficie de las raíces. Era un trabajo lento y agotador. Sus brazos empezaron a temblar por el esfuerzo de mantener la postura. Pero no se detuvo. Juntos, en silencio, limpiaron una raíz, luego otra. A medida que la Decoloración se desvanecía, las raíces parecían despertar de un largo sueño. Dejaron de ser una barrera y, con un crujido suave, como el de un árbol que se despereza, comenzaron a moverse. Se contrajeron, se deslizaron hacia la tierra y hacia los lados, desenredando el nudo que habían formado durante tanto tiempo. Finalmente, con un último suspiro de madera vieja, la última raíz se apartó, dejando al descubierto el arco oscuro de la entrada a la cueva. El aire que salió de dentro era fresco y olía a musgo y a vida. El sonido de la cascada era ahora un canto de bienvenida. Rodrigo bajó la botella, con los brazos temblando de cansancio, y soltó un suspiro de puro alivio. En su hombro, Flux emitió un trino agudo y feliz, y su luz estalló en un pulso de oro brillante que iluminó el claro entero por un segundo. Lo habían conseguido. Juntos.