Spanish Pencil Sketch

Rodrigo y el Secreto de las Umbras

Made for Rodrigo

Hay secretos que laten en las piedras de río y criaturas de luz ocultas a plena vista. Rodrigo sueña con la emoción de las grandes aventuras, pero cuando encuentra a un ser mágico cuya luz se desvanece, descubrirá que el verdadero valor no está en luchar. Un viaje donde la amistad es un faro y el mayor poder es saber proteger.

Where it began

It started with a spark

Every Imagibo book grows from a few simple choices. Here's the spark behind this one.

The heart of the story

Un dia cualquiera, Rodrigo se encuentra la posibilidad de vivir su propia aventura en un mundo donde los criaturas parecidas a los pokemons que son una especie de animales fantasticos y con poderes existen. Pondra a prueba su valor y decision, mientras vive aventuras divertidas que recordara siempre.

The hero

Rodrigo · 12 years old

Rodrigo es un niño de Burgos que le encantan las tortitas para desayunar y los pokemon. Su sueño seria que los pokemons fueran de verdad y vivir su propia aventura de entrenador. Siempre esta pensando en que nueva aventura vivir. Tiene el pelo marron ondulado con ojos marrones almendrados, su camiseta preferida tiene un dibujo de una pokeball y lleva vaqueros con vans.

Magic level

Expanded Magic

Illustration style

Pencil Sketch

Delicate colored pencil sketches with visible texture and loose, spontaneous lines that evoke an artist’s sketchbook.

Themes

Everyday Life Wild Nature

The cast

Meet the characters

Some come straight from the original idea; others appear along the way. Each one is illustrated to stay true from page to page.

Rodrigo

Rodrigo es un niño de 12 años de Archena, siempre listo para la aventura. Tiene el pelo marrón ondulado y expresivos ojos marrones con forma de almendra. Casi siempre lleva su camiseta preferida, con el dibujo de una pokeball, combinada con pantalones vaqueros y unas zapatillas tipo Vans. Es curioso, valiente y tiene un gran corazón, soñando con un mundo donde pueda vivir sus propias aventuras como entrenador. Su desayuno favorito son las tortitas.

Flux

Flux es una Umbra de luz, una criatura fantástica del tamaño de un zorro pequeño. Su cuerpo no es de pelo, sino de una energía dorada y cálida que parpadea suavemente, como la llama de una vela. De su espalda crecen hojas de roble que cambian de color según su estado de ánimo, del verde intenso de la alegría al rojo cobrizo de la alarma. Tiene dos grandes ojos de color violeta brillante que observan el mundo con una curiosidad infinita y traviesa. No habla, pero se comunica a través de cambios en la intensidad de su luz, pequeños zumbidos melódicos y gestos. Es ágil y rápido, y deja una efímera estela de motas de luz al moverse.

Elara

Elara es una mujer mayor, de edad indefinida, con el cabello plateado recogido en una trenza larga y desordenada que le cae sobre un hombro. Sus manos están cubiertas de tierra y su rostro surcado de arrugas amables, sobre todo alrededor de sus ojos, que son de un verde musgo profundo y parecen conocer todos los secretos de la tierra. Regenta un pequeño y abarrotado vivero en las afueras de Burgos, lleno de plantas extrañas y maravillosas. Viste con ropa cómoda y práctica: un peto de trabajo lleno de bolsillos sobre un jersey de lana gruesa y unas botas de jardinería robustas. Irradia una calma poderosa y su voz es suave, como el susurro de las hojas.

The finished book

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Chapter 1: Tortitas, un río y una piedra que latía

Para Rodrigo, la felicidad de un sábado por la mañana olía a tortitas y sonaba como el murmullo del río Arlanzón chocando contra las piedras. Sentado en la mesa de madera del merendero, apuró el último trozo empapado en sirope de arce. Una pequeña gota rebelde cayó sobre el círculo rojo de su camiseta. La limpió con el pulgar, distraído. Con el pelo marrón ondulado revuelto por la brisa, sus ojos almendrados se perdían en el movimiento perezoso del agua. En su cuaderno abierto, había dibujado un dragón con escamas de hojas y cuernos de rama. Era bueno, pero no era real. Suspiró.
—Ojalá pasara algo de verdad —murmuró para sí mismo, cerrando el cuaderno. Se deslizó del banco de madera, con sus zapatillas Vans pisando la hierba húmeda, y se acercó a la orilla. La aventura, pensaba, siempre estaba en otra parte.

Rodrigo se agachó y buscó la piedra perfecta. Plana, lisa, ideal para hacerla rebotar sobre la superficie del agua. Sus dedos rozaron docenas de cantos rodados, fríos y ásperos. Pero entonces, tropezó con una que no encajaba. Era increíblemente suave, como si la hubieran pulido durante mil años, y en lugar de fría, desprendía un calor suave que le recorrió la mano entera. La levantó. Era de un color gris pálido, casi blanco, y en su interior algo palpitaba con una luz tenue y dorada, un latido silencioso que solo él parecía sentir. No era un latido rápido, sino lento y cansado, como el de alguien a punto de quedarse dormido. Fascinado, la apretó con fuerza en su palma.

En el instante en que sus dedos se cerraron sobre la piedra, el mundo cambió. El murmullo constante del río dejó de ser un simple ruido de fondo y se transformó en una melodía clara, con notas que subían y bajaban como una canción de cuna. Los colores a su alrededor parecieron dar un respingo, volviéndose más vivos: el verde de las hojas del sauce cercano era más profundo, el azul del cielo más intenso. Sintió un tirón suave, no en su mano, sino en su pecho, que lo guiaba hacia las enormes raíces de ese mismo sauce, retorcidas como los dedos de un gigante dormido. Era como si el mundo de siempre, el de las tortitas y los deberes, se hubiera descorrido como una cortina, mostrando lo que había detrás.

Siguiendo aquel impulso, Rodrigo se acercó al sauce y se asomó al hueco que formaban sus raíces. Allí, acurrucada sobre un lecho de musgo, había una criatura hecha de luz. No era más grande que un zorro pequeño, y su cuerpo entero era una masa de energía dorada que parpadeaba suavemente. En su lomo, en lugar de pelo, crecían unas delicadas hojas de roble, de un verde pálido y enfermizo. La criatura levantó la cabeza y sus dos grandes ojos de color violeta, brillantes y asustados, se encontraron con los de Rodrigo. Soltó un suave zumbido, un sonido triste. La luz de su cuerpo vaciló, como la llama de una vela expuesta a una corriente de aire.
El corazón de Rodrigo dio un vuelco. Era increíble, era mágico, era todo lo que siempre había soñado. Pero al ver temblar a esa pequeña luz, al notar la debilidad en su brillo y el miedo en sus ojos, comprendió una cosa: esta aventura no iba a ser como en sus juegos. Esta criatura no necesitaba un entrenador. Necesitaba ayuda.

Chapter 2: El mapa que no estaba en los mapas

Rodrigo se quedó inmóvil, con la mirada fija en el hueco de las raíces. El corazón le martilleaba en el pecho, una mezcla de euforia y un nudo de preocupación. Tenía delante una criatura mágica, ¡una de verdad! Pero cada parpadeo de la luz dorada de Flux —así decidió llamarlo, como un flujo de energía— era más débil que el anterior. Sus hojas de roble, que debían ser de un verde vivo, mostraban los bordes secos y mustios. Rodrigo extendió una mano con cuidado y rozó una pequeña flor silvestre que crecía junto a la raíz. Al instante, sus pétalos azules perdieron su color, volviéndose de un gris pálido, como si les hubieran chupado la vida. Un escalofrío le recorrió la espalda. Era por Flux. Su debilidad estaba contagiando la tristeza a todo lo que lo rodeaba.
Con mucho cuidado, Rodrigo abrió su mochila y la vació sobre la hierba. Dejó su cuaderno y la botella de agua, y extendió el interior para crear un nido improvisado.
—Tranquilo —susurró, su voz apenas un hilo de aire—. Voy a sacarte de aquí. Te lo prometo.

Con la mochila en la espalda y un peso nuevo en los hombros, Rodrigo echó a correr, alejándose del río. El leve calor de Flux se sentía a través de la tela. ¿A dónde podía ir? No podía llevarlo a casa, ¿qué dirían sus padres? ¿Y a un veterinario? Se reirían de él. Se sentía perdido, pedaleando sin rumbo por las calles conocidas de su barrio. Entonces, una imagen apareció en su mente, clara como el agua: su abuela, sentada en un banco, señalando hacia las afueras de Burgos.
«Allí», recordaba su voz cálida en su memoria, «está el jardín mágico de Elara. Dicen que esa mujer es capaz de hacer florecer hasta los palos secos».
El jardín mágico. Rodrigo nunca le había hecho mucho caso, pero ahora esas palabras sonaban como una promesa. Giró bruscamente en la siguiente esquina, con un destino claro grabado en la mente. Tenía que encontrar a la mujer que hacía florecer los palos secos.

El vivero de Elara no se parecía a ningún otro. No tenía carteles de neón ni pasillos ordenados. Era un laberinto verde y salvaje, un caos de macetas desbordantes y plantas que trepaban por las paredes de una pequeña cabaña de madera. El aire olía a tierra mojada, a musgo y a algo dulce y picante, como la canela. Rodrigo avanzó con el corazón en un puño hasta la entrada de la cabaña. Una mujer mayor estaba de espaldas a él, regando una planta con flores de un azul tan intenso que no parecían reales. Llevaba el pelo plateado recogido en una larga trenza y vestía un peto de trabajo lleno de manchas de tierra.
Cuando se dio la vuelta, Rodrigo sintió que le miraba no solo a él, sino a través de él. Sus ojos, de un profundo verde musgo, se posaron por un instante en su mochila. Una sonrisa amable asomó a sus labios arrugados.
—A veces, los viajeros perdidos necesitan un poco de ayuda para encontrar el camino —dijo con una voz suave, como el susurro de las hojas.

Rodrigo no necesitó más invitación. Con dedos temblorosos, abrió la mochila y le mostró a Flux. Elara se arrodilló sin esfuerzo y acercó una mano callosa a la criatura de luz. No la tocó, solo la mantuvo cerca, y el parpadeo de Flux pareció calmarse un poco.
—Está enfermo, ¿verdad? —preguntó Rodrigo en un susurro— ¿Qué es la Decoloración?
—Es el olvido —respondió Elara, sin apartar la vista de Flux—. La prisa de vuestro mundo. El ruido que no deja escuchar el latido de la tierra. Su luz se apaga porque ha estado demasiado tiempo lejos de su hogar.
Se levantó y fue hacia un viejo banco de trabajo. De un cajón sacó un trozo de corteza de abedul, blanca y fina como el papel. En su superficie había grabadas unas delicadas marcas que parecían una constelación en miniatura.
—Necesita llegar al Santuario de las Umbras. Pero no puedo darte un mapa que tus ojos puedan leer.
Se lo entregó a Rodrigo. La corteza era sorprendentemente cálida.
—¿Y cómo lo uso? —preguntó Rodrigo, confundido—. No hay calles ni nombres.
Elara puso su mano sobre las de él, que sostenían el mapa estelar.
—Los entrenadores que tú imaginas dan órdenes para ganar batallas. Pero un amigo de verdad, Rodrigo, aprende a escuchar. Cierra los ojos, siente el latido de Flux y el de la tierra. La corteza brillará en la dirección correcta, pero solo si tu corazón busca proteger, no poseer. Ahora ve. El bosque os espera.

Chapter 3: El susurro del bosque gris

Rodrigo se alejó del caos verde del vivero de Elara y se detuvo en el borde del último camino de asfalto. Delante de él solo se extendían campos que ascendían suavemente hasta convertirse en una línea oscura de árboles en el horizonte: el bosque. Sacó la corteza de abedul de su bolsillo. Las estrellas grabadas en ella eran pálidas, casi invisibles a la luz del día. Cerró los ojos, como le había dicho Elara. Intentó no pensar en nada, solo en el calorcito que sentía en la espalda, el leve latido de Flux. Al principio no ocurrió nada. Pero entonces, una de las pequeñas estrellas del mapa brilló con una luz blanca y cálida, señalando directamente hacia el bosque. Al abrir los ojos, el brillo persistía. El primer paso de su verdadero viaje. A medida que se adentraba entre los árboles, todo se volvía extrañamente silencioso. No había pájaros. Ni el zumbido de los insectos. El aire se sentía pesado, como el de una habitación cerrada, y los colores parecían lavados, como en una foto vieja. Era un susurro gris que lo envolvía todo.

El camino, si se le podía llamar así, se desvaneció frente a una maraña impenetrable de zarzas secas y ramas grises, retorcidas como alambre de espino. No había forma de pasar. Rodrigo empujó con el pie, pero las espinas se engancharon en sus vaqueros. La frustración le subió por el pecho, caliente y pesada. Esto no era como en los videojuegos. Allí, siempre había un ataque, un poder especial para abrirse paso. Sacó a Flux de la mochila. La criatura de luz temblaba, y sus hojas de roble tenían un tono cobrizo de alarma.
—¡Vamos, Flux! —dijo Rodrigo, con una voz más dura de lo que pretendía—. ¡Tienes que ayudar! ¡Usa tu luz! ¡Como un… como un ataque de rayo! ¡Quema estas ramas!
Apuntó con el dedo hacia la barrera de zarzas. Pero Flux solo se encogió, emitiendo un zumbido lastimero. Su luz dorada vaciló y casi se apagó, dejándolos en la penumbra. Rodrigo dio una patada a una piedra gris, impotente.
—¡Así no vamos a llegar nunca! —gritó al silencio.

El eco de su propio grito lo dejó vacío. Se dejó caer sobre un tronco caído, cubierto de un musgo pálido y seco. La aventura se sentía amarga, como una derrota. Flux, a sus pies, soltó otro zumbido suave, tembloroso. Rodrigo lo miró. Lo miró de verdad, por primera vez desde que habían entrado en el bosque. Vio el miedo en sus grandes ojos violetas. Vio cómo su cuerpo de energía luchaba por no extinguirse. Sintió una punzada de vergüenza. Elara le había dicho que fuera un amigo, no un entrenador. Y él le había gritado, como si Flux fuera una herramienta. Se arrodilló lentamente junto a él. De su mochila sacó la única galleta que le quedaba; estaba un poco rota. La partió por la mitad con cuidado.
—Lo siento —susurró, y su voz se quebró un poco—. No debería haberte gritado. Toma.
Le ofreció el trozo de galleta. Sabía que Flux no podía comer, pero era lo único que se le ocurría hacer. Era un gesto. Una disculpa.

Flux no se movió hacia la galleta, pero su luz dejó de parpadear. Se hizo un poco más intensa, más cálida. El cambio fue sutil, pero suficiente. Esa nueva luz, firme y suave, se proyectó sobre el tronco del árbol que tenían al lado, revelando algo que la penumbra había ocultado. Grabado en la corteza gris, había un símbolo de musgo verde brillante, casi fosforescente: una espiral. Rodrigo levantó la vista. La luz de Flux iluminó otro tronco, un poco más allá, con el mismo símbolo. Y luego otro. No eran un camino que se veía, sino uno que se sentía. Un sendero secreto que no se abría con la fuerza, sino con la calma. Con cuidado, Rodrigo volvió a guardar su mitad de la galleta y ayudó a Flux a subirse a su hombro. La criatura se acurrucó allí, y su luz se convirtió en un pequeño faro.
—Vale —dijo Rodrigo, esta vez con una sonrisa—. Vamos a intentarlo de otra manera. Juntos.

Chapter 4: La luz más valiente

El sendero de espirales verdes los condujo fuera de la parte más densa del bosque. Los árboles ya no crecían tan juntos y, por primera vez en mucho rato, Rodrigo pudo ver un trozo de cielo. Fue entonces cuando lo oyó: un sonido bajo y constante, como una lluvia lejana. A cada paso que daba, el sonido se hacía más claro, más musical. Era agua. Una cascada. Con el corazón latiéndole deprisa, Rodrigo apretó el paso. Flux, en su hombro, pareció sentirlo también, y sus hojas de roble pasaron de un color cobrizo a un verde esperanzado. Salieron a un pequeño claro al pie de una pared de roca. Y allí estaba el final del camino. La entrada a una cueva, oscura y prometedora. Pero estaba bloqueada. Una monstruosa maraña de raíces grises, gruesas como brazos y ásperas como la piel de un lagarto, se aferraban a la entrada. Las rocas a su alrededor estaban cubiertas por la misma costra de apatía, sin un solo rastro de musgo o vida. Al acercarse, Rodrigo sintió una oleada de frío y cansancio que le pesaba en los párpados. La luz de Flux se debilitó al instante, volviéndose una mota temblorosa en la penumbra.

Un nudo de frustración se formó en la garganta de Rodrigo. Era la misma sensación que en el bosque: la de chocar contra un muro. Su primer pensamiento fue correr, embestir, buscar un punto débil por donde colarse. Pero se detuvo. Miró a Flux, que tiritaba sobre su hombro, y la imagen de su propio grito entre los árboles grises le volvió a la mente. No. Esa no era la forma. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, a una distancia prudente de aquella barrera de olvido. Con cuidado, cogió a Flux y lo depositó en su regazo. El calor de la criatura era apenas perceptible. Rodrigo necesitaba pensar. No como un entrenador que busca una victoria, sino… como un amigo que busca una cura. Miró sus manos vacías. Luego recorrió con la vista su mochila. El cuaderno de dibujo, la corteza de Elara… y la botella de agua. Estaba medio llena. Mientras la giraba entre sus dedos, un reflejo de la débil luz de Flux bailó en la superficie del agua, proyectando un punto de luz más brillante en su pantalón. Lo miró fijamente. El punto de luz se movía a medida que él movía la botella. Era pequeño, pero era más intenso. Una idea, frágil como una pompa de jabón, empezó a tomar forma en su cabeza. Se inclinó hacia Flux y le susurró el plan, con la voz llena de una nueva y temblorosa esperanza.
—Y si… ¿y si tu luz es la llave, pero necesita que la ayudemos un poco?

Se pusieron manos a la obra. Rodrigo se acercó a la barrera de raíces, con el corazón martilleándole contra las costillas, pero con los movimientos firmes y serenos. Flux trepó de nuevo a su hombro, como si entendiera la importancia del momento. Su luz, aunque débil, se mantuvo estable. Rodrigo respiró hondo. Sacó la botella de agua y la sostuvo con ambas manos, como si fuera el tesoro más frágil del mundo. Buscó el ángulo perfecto. La luz de Flux entró por un lado del plástico y, al atravesar el agua, salió por el otro, convertida en un haz delgado y concentrado de oro líquido. Era como sujetar un pincel de luz. Con una precisión de cirujano, apuntó el haz a una de las raíces más gruesas y grises. Al principio no pasó nada. Pero Rodrigo aguantó la posición, sin moverse, sin apenas respirar. Y entonces, donde la luz se posaba, un humo grisáceo, casi invisible, empezó a desprenderse de la raíz. La costra de Decoloración se disolvía, no con fuego, sino como el azúcar en el agua. Lentamente, un trocito del color marrón y sano de la madera original apareció por debajo.

—Funciona —susurró Rodrigo, sin atreverse a moverse—. Funciona. Ahora, Flux. Un poco más.
Como si le entendiera, la luz de Flux se intensificó un grado, y el haz se volvió más potente. Rodrigo empezó a moverlo despacio, como si estuviera coloreando un dibujo, barriendo la superficie de las raíces. Era un trabajo lento y agotador. Sus brazos empezaron a temblar por el esfuerzo de mantener la postura. Pero no se detuvo. Juntos, en silencio, limpiaron una raíz, luego otra. A medida que la Decoloración se desvanecía, las raíces parecían despertar de un largo sueño. Dejaron de ser una barrera y, con un crujido suave, como el de un árbol que se despereza, comenzaron a moverse. Se contrajeron, se deslizaron hacia la tierra y hacia los lados, desenredando el nudo que habían formado durante tanto tiempo. Finalmente, con un último suspiro de madera vieja, la última raíz se apartó, dejando al descubierto el arco oscuro de la entrada a la cueva. El aire que salió de dentro era fresco y olía a musgo y a vida. El sonido de la cascada era ahora un canto de bienvenida. Rodrigo bajó la botella, con los brazos temblando de cansancio, y soltó un suspiro de puro alivio. En su hombro, Flux emitió un trino agudo y feliz, y su luz estalló en un pulso de oro brillante que iluminó el claro entero por un segundo. Lo habían conseguido. Juntos.

Chapter 5: El guardián del desayuno

Rodrigo dio un paso al interior de la cueva, y el aire frío del exterior fue reemplazado por una calidez suave y vibrante. La oscuridad de la entrada era solo un velo. Dentro, la caverna era una cúpula de roca salpicada de cristales que brillaban con luz propia. El sonido de la cascada lo envolvía todo. Caía desde una abertura en el techo, un chorro de agua que no era agua, sino luz líquida, y se derramaba en una poza en el centro de la estancia que refulgía con una energía dorada. Y no estaban solos. Decenas de luces danzaban en el aire, algunas pequeñas como luciérnagas, otras grandes y majestuosas. Eran otras Umbras. Al sentir su presencia, se acercaron, emitiendo trinos melodiosos de bienvenida. Flux, en el hombro de Rodrigo, respondió con un zumbido emocionado. Sin dudarlo un segundo, saltó de su hombro y, como una flecha dorada, se zambulló en la poza de luz. Rodrigo contuvo el aliento. La luz de la criatura se disolvió en la de la poza por un instante, y luego emergió de un salto, completamente transformado. Su cuerpo brillaba con la fuerza del sol de mediodía. Las hojas de su lomo eran de un verde intenso, rebosantes de vida. Dio una vuelta en el aire, dejando una estela de motas doradas, sano y feliz.

Flux se acercó a Rodrigo, flotando frente a sus ojos. Su luz ya no era débil ni temerosa, sino cálida y agradecida. Las otras Umbras mantenían una distancia respetuosa, observando la despedida. La criatura de luz no podía hablar, pero Rodrigo lo entendía todo. Flux emitió un trino agudo, una melodía que era una mezcla de pura alegría y una palabra: gracias. Luego, se acercó y rozó su mejilla. No quemaba, solo transmitía un calor que le llegó hasta el corazón. Una de las hojas de roble de su lomo, perfecta y vibrante, se desprendió y flotó suavemente hasta la mano abierta de Rodrigo. Un recuerdo. Un regalo.
Rodrigo sonrió, y sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta. Era una felicidad que pesaba un poquito, como todas las despedidas importantes.
—Cuídate mucho —susurró.
Flux soltó un último y alegre gorjeo y se unió al baile de luces de sus compañeros. Rodrigo se quedó un momento más, grabando la imagen en su memoria: un refugio secreto de magia, a salvo. Luego, con la hoja de roble apretada con cuidado en el puño, se dio la vuelta y caminó hacia la salida.

El camino de vuelta fue diferente. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y violeta. El bosque gris ya no parecía tan amenazador, y el murmullo del río, cuando pasó a su lado, sonaba como la voz de un viejo amigo. Rodrigo caminaba con los vaqueros manchados de barro y un cansancio profundo en los huesos, pero con una sensación de calma que no había sentido nunca. Llegó a su calle justo cuando las farolas se encendían. La ventana de su cocina brillaba. Olía a pisto. Entró por la puerta de casa y dejó la mochila en el suelo con un suspiro.
—¿Rodrigo? —llegó una voz desde la cocina—. ¡La cena está casi lista! ¿Dónde te habías metido toda la tarde?
Se asomó al marco de la puerta.
—Por ahí —dijo, y la respuesta era más cierta de lo que nadie podría imaginar—. Dando una vuelta.

A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana de la cocina. Rodrigo estaba sentado a la mesa, con su camiseta de la Pokéball y un enorme plato de tortitas delante. El sirope de arce formaba un charco dulce en el centro. Todo era exactamente igual que el día anterior. Pero para él, nada era igual. Mientras cortaba un trozo, su mirada se desvió hacia la ventana. Más allá de los edificios de Burgos, en la distancia, las cimas de los montes se recortaban contra el cielo. En algún lugar, allí, había una cueva llena de luz. Metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros y rozó los bordes de una hoja de roble. Ya no soñaba con capturar criaturas fantásticas para sus aventuras. Levantó la vista hacia las montañas, y una sonrisa tranquila se dibujó en su rostro. A veces, la aventura más grande de todas no consistía en encontrar algo nuevo, sino en saber guardar un secreto.

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