Spanish Soft Kawaii

Darío y el Corazón de la Ecuación

Made for Dario

Ríos que olvidan su cauce. Limones que pierden su color. Una sombra está deshaciendo el mundo… Para Darío, que siempre ha visto la música secreta de los números, la armonía está a punto de romperse. Acompañado de un diminuto guardián de metal, deberá descifrar un enigma que no está hecho de palabras. Una aventura que demuestra que el mayor superpoder es mirar el mundo con tu propio corazón.

Where it began

It started with a spark

Every Imagibo book grows from a few simple choices. Here's the spark behind this one.

The heart of the story

Una aventura épica donde Darío descubre el poder de las matemáticas.

The hero

Dario · 6 years old

Darío es un niño de estatura normal para su edad y delgadito. Tiene el pelo liso y un poco largo, con un pequeño remolino en la frente que hace una onda de tupé. Es tímido pero también bastante pillo. Vive en un entorno rural en Murcia pero disfruta con dibujos, consolas y superhéroes. A veces le cuesta expresar sus emociones pero es un niño muy sentido. También es muy bueno para las matemáticas.

Magic level

Expanded Magic

Illustration style

Soft Kawaii

Gentle and cute illustrations with soft colors and rounded shapes, inspired by Japanese kawaii style.

Themes

Superheroes Robots

The cast

Meet the characters

Some come straight from the original idea; others appear along the way. Each one is illustrated to stay true from page to page.

Darío

Darío es un niño de 6 años, delgado y de estatura normal. Tiene el pelo castaño, liso y un poco largo, con un característico remolino en la frente que le forma una onda natural, como un pequeño tupé despeinado. Sus ojos son grandes y observadores, y a menudo parecen estar calculando o viendo algo que los demás no ven. Es tímido y le cuesta empezar conversaciones, sonrojándose con facilidad, pero cuando entra en confianza revela un lado pícaro y una sonrisa traviesa. Aunque no lo demuestre, es muy sensible y se emociona con facilidad. Viste ropa cómoda para jugar en el campo: una camiseta de su superhéroe favorito (un poco desgastada), unos pantalones cortos de chándal y unas zapatillas deportivas llenas de polvo. Su gran pasión son las matemáticas, que para él son como un superpoder secreto.

Cubo

Cubo es un pequeño robot antiguo, de no más de treinta centímetros de alto. Su cuerpo es, como su nombre indica, un cubo de metal cobrizo, un poco abollado y cubierto de finos grabados geométricos que a veces brillan con una luz azulada. Tiene dos brazos telescópicos que terminan en pinzas y se desplaza sobre una única esfera que le permite rodar ágilmente. Sus 'ojos' son dos lentes de cristal, una redonda y otra cuadrada, que giran y se enfocan con curiosos zumbidos. Cubo no habla con una voz humana, sino que se comunica a través de una serie de pitidos, clics y proyecciones holográficas de ecuaciones y símbolos que solo Darío parece entender. Es un guardián milenario, muy sabio y un poco cascarrabias, impaciente con la lentitud del mundo 'orgánico', pero siente un profundo afecto y una gran fe en el potencial de Darío.

El Nulificador

El Nulificador no tiene una forma física constante. Es una entidad de caos, que se manifiesta como una mancha de 'ruido' visual, una especie de sombra vibrante que absorbe el color y la forma a su alrededor, dejando un rastro de gris monótono. A veces toma la apariencia de una figura humanoide hecha de estática de televisión, con un sonido de siseo constante. Su objetivo es deshacer la 'Gran Ecuación' del mundo, pues odia el orden, la belleza y la predictibilidad. No es malvado en un sentido humano; es una fuerza entrópica que simplemente busca imponer su naturaleza caótica sobre la estructura del universo. Su presencia provoca una sensación de frío y desorientación.

The finished book

Read Darío y el Corazón de la Ecuación

Chapter 1: El robot dormido en la acequia

Para Darío, el mundo era un gigantesco libro de problemas y patrones secretos. No era algo que pudiera explicar, solo algo que sentía. Veía las sumas en los pétalos de las margaritas (casi siempre 34, 55 u 89), las divisiones en las ramas de los árboles y las geometrías perfectas en las telas de araña que brillaban con el rocío. La huerta de Murcia, con sus hileras de limoneros y sus campos ordenados, era un lugar lleno de música matemática que solo él podía escuchar. A veces, mientras contaba las vueltas de la concha de un caracol, se sentía como un superhéroe con un poder que nadie conocía, y eso lo hacía sonreír. Otras veces, el silencio de su juego secreto le pesaba un poquito en el corazón.

Aquel día, algo rompió la canción. Mientras se fijaba en una trabajadora fila de hormigas, notó un error. ¡Un fallo garrafal en el sistema! En lugar de marchar en su línea perfecta, una... dos... tres..., las hormigas se movían en un zigzag absurdo, chocándose unas con otras como coches de feria. Era un garabato horrible en la página más ordenada del mundo. La curiosidad, que en Darío era una fuerza tan grande como su timidez, le picó en los pies. Se levantó, sacudiéndose el polvo de sus pantalones cortos.
—¿Pero a dónde vais tan locas? —susurró para sí mismo, con ese remolino de pelo en la frente moviéndose con la brisa.
Siguió la línea rota, el camino equivocado, que lo alejó de los árboles verdes y lo llevó hasta el lecho seco de una acequia, una herida de tierra y piedras que cruzaba el campo.

Y allí, en el fondo, algo devolvía el brillo del sol con un destello cobrizo. Era un cubo de metal, medio enterrado en la tierra seca. No parecía nuevo ni brillante, sino antiguo, y estaba cubierto de grabados geométricos: triángulos dentro de círculos, cuadrados entrelazados. Dibujos como los que él mismo hacía en las esquinas de sus cuadernos. Darío bajó a la acequia despacio, con el corazón haciendo un ritmo de tambor un poco más rápido de lo normal. Se arrodilló junto al objeto. Con la punta del dedo, con mucho cuidado, repasó el contorno de uno de los triángulos grabados en el metal frío. En cuanto lo tocó, el cubo vibró bajo su dedo con un zumbido profundo. *Zuuuuumb*. Una fina línea de luz azul parpadeó en las juntas del cubo. Con una serie de ruiditos secos, ¡clic, clac!, se desplegó. Le salieron dos bracitos de metal y una cabeza que se alzó para mirarlo con dos ojos de cristal, uno perfectamente redondo y el otro perfectamente cuadrado.

El pequeño robot rodó sobre una esfera que tenía por pies hasta quedar justo delante de él. Inclinó su cabeza cúbica y emitió una serie de pitidos curiosos: *bip... bup-bup... biribiribip*. No eran palabras, pero Darío comprendió el ritmo, la secuencia, la pregunta silenciosa. El robot proyectó un haz de luz desde su ojo redondo, dibujando en la pared de tierra de la acequia una imagen brillante. Era un girasol, con la espiral perfecta que Darío conocía tan bien. De repente, una mancha de sombra gris, como la nieve de un televisor sin señal, apareció en una esquina de la imagen. La sombra crecía, comiéndose la forma y el color de la flor, volviéndola un borrón sin vida. El robot, al que Darío decidió llamar Cubo, emitió un pitido más bajo, más triste. Con uno de sus bracitos, señaló la sombra destructora... y luego señaló a Darío. El mensaje era clarísimo. La música del mundo se estaba rompiendo. Y este pequeño y antiguo guardián creía que él, Darío, era el único que podía volver a escribir la canción.

Chapter 2: La canción de los limones grises

Cubo guio a Darío fuera de la acequia, rodando ágilmente por el camino de tierra. El sol de la mañana empezaba a calentar la huerta, pero algo no estaba bien. Un silencio extraño lo llenaba todo. No era el silencio tranquilo de siempre, sino un silencio vacío, sin el zumbido de las abejas ni el canto de los pájaros. Darío lo notó primero con la nariz: no olía a azahar, ni a tierra mojada, ni a limón. Olía... a nada. A polvo. Llegaron al lindero del limonero más cercano, el abuelo de todos los árboles de la huerta, y el corazón de Darío dio un vuelco doloroso. Las ramas, que ayer estaban cargadas de soles amarillos y brillantes, ahora sostenían unas masas grises y deformes, como pegotes de arcilla triste. El color se había ido. La forma se había ido. La alegría se había ido.

Darío se acercó, temblando un poco, y estiró la mano para tocar uno de aquellos... objetos. Estaba frío y blando, sin la piel firme y llena de vida de un limón. Se le encogió el estómago. Sentía como si le hubieran borrado una parte de un dibujo que le encantaba. Se dejó caer de rodillas, abrumado.
—Lo ha roto todo —susurró, con la voz a punto de quebrarse.
Cubo, a su lado, emitió una serie de zumbidos suaves y proyectó un holograma en el aire frente a Darío. No era una imagen bonita. Era el patrón de un limón, su simetría perfecta, pero estaba lleno de agujeros, de líneas rotas. Era un mapa estropeado, una ecuación con un resultado incorrecto. Era la herida visible del Nulificador. Cubo hizo un pequeño *clic* con una de sus pinzas y señaló primero el holograma, y luego los árboles grises. No hacía falta hablar para entenderlo: ese era el problema que había que resolver.

Darío miró el patrón roto, y luego los limones deformes. Era demasiado. ¿Cómo iba él a arreglar algo así? No era un superhéroe de los que salen en la tele, no tenía superfuerza ni podía volar. Bajó la cabeza, mirando sus manos vacías. Entonces, un recuerdo le vino a la mente. El recuerdo de su abuelo pelando una naranja para él, sacando los gajos uno a uno, todos curvados y perfectos, encajando unos con otros como las piezas de un puzle. Recordó cómo los contaba siempre antes de comérselos. Uno, dos, tres... siempre el mismo número de hermanos abrazados en el centro. La simetría. El orden. Una idea, frágil como el ala de una mariposa, empezó a formarse en su cabeza. Se levantó con una nueva determinación. Empezó a recoger ramitas secas y pequeñas piedras blancas del suelo, ordenándolas con una concentración total.

Con la punta de un palo, trazó el último círculo, cerrando el dibujo. El patrón en el suelo era ahora una estrella perfecta, una flor geométrica hecha de madera y piedra. En cuanto la última línea se unió, una luz cálida y dorada, como miel líquida, empezó a brotar del centro del dibujo. La luz se deslizó por las manos de Darío, haciéndole cosquillas, y fluyó por el suelo hasta la raíz del gran limonero. El árbol entero tembló suavemente. La luz trepó por el tronco, se extendió por las ramas y, una a una, tocó las masas grises. Con un suave *pop*, como el de una burbuja, la primera recuperó su forma ovalada y su color amarillo sol. ¡Pop, pop, pop! Uno tras otro, todos los limones del árbol volvieron a la vida, y un intenso olor a cítrico fresco explotó en el aire. Darío se puso de pie, mirando el milagro. Miró sus manos, que aún sentían un leve hormigueo. Por primera vez, no se sintió raro. Se sintió… poderoso.

Chapter 3: El río que olvidó cómo cantar

Después de arreglar los limones, Darío sentía que sus zapatillas de deporte no tocaban el suelo. ¡Había sido como en sus dibujos! ¡Un superhéroe! Cubo rodaba a su lado, emitiendo pitidos alegres. Pero la alegría duró poco. Primero lo oyeron. No era el murmullo familiar y cantarín del río. Era un ruido de enfado, un *¡clonk, clash, choc!* de agua que se golpeaba contra sí misma. Se asomaron por la ribera y lo vieron. El río, el corazón de la huerta, estaba roto. En lugar de fluir en curvas suaves, el agua avanzaba, se detenía en seco, giraba en un ángulo perfecto de noventa grados y chocaba. Se formaban olas cuadradas que se estrellaban unas con otras en una furiosa confusión geométrica. El río había olvidado cómo cantar.

—¡Esto también lo puedo arreglar! —dijo Darío, más para convencerse a sí mismo que a Cubo.
Se arrodilló y, como antes, empezó a dibujar en la tierra con un palo. Trazó espirales, curvas, ondas... la canción de un río feliz. Pero era inútil. El río era demasiado grande. Sus dibujos en la orilla eran como hormigas intentando mover una montaña. El agua ni se enteraba. La frustración empezó a burbujear en su pecho, caliente y pesada. Pateó un guijarro que salió volando y cayó al agua con un *plof* que nadie oyó entre tanto estruendo. Se sentía pequeño. Tonto. El poder de antes se había desvanecido como el humo. ¿Un superhéroe? No, solo era Darío, un niño que se perdía en sus números. Se cruzó de brazos y apretó los labios con fuerza, mirando al suelo para no ver el desastre.

Se alejó del ruido y se sentó junto a un charco tranquilo que se había formado en la orilla. Hundió la cara entre las rodillas. Quería que el mundo desapareciera un ratito. Cuando por fin levantó la vista, se vio reflejado en el agua inmóvil del charco. Vio una cara roja, unos ojos enfadados y unos labios apretados. Era su cara, pero parecía la de un desconocido. ¿Ese enfado era suyo? Por un instante, se asustó. Pero entonces, comprendió algo importante. Estaba enfadado porque quería al río. Le dolía verlo sufrir, igual que le había dolido ver los limones grises. Sus emociones no eran un estorbo. Eran una señal, una flecha que apuntaba a lo que más le importaba. Y para cuidar lo que importaba, no necesitaba gritar. Necesitaba... pensar.

Respiró hondo una, dos y tres veces. El aire olía a menta salvaje. Cerró los ojos. Ya no escuchaba el ruido caótico del río, sino que buscaba el pulso silencioso que se escondía debajo, la ecuación rota. No imaginó un monstruo gigante, sino una larguísima suma de números desordenados. Uno más uno que, por error, daba tres. Cuatro por cuatro que daba siete. En el silencio de su mente, con los ojos cerrados, empezó a mover los números, a ponerlos en su sitio. Sus manos se movieron en el aire, suaves, como si dirigiera una orquesta de grillos. No hubo luz ni chispas. Solo una calma profunda que nació de él y se extendió. *Poco a poco*. El primer *¡clonk!* se suavizó. Un ángulo recto se convirtió en curva. El ruido furioso se fue transformando en un murmullo, y luego en una canción. Cuando Darío abrió los ojos, el río volvía a fluir, cantando su vieja melodía de agua y vida, como si nada hubiera pasado.

Chapter 4: El corazón de la ecuación

La calma del río no duró. Un frío que no era del aire empezó a trepar por las piernas de Darío. Era un frío que olía a polvo y a metal oxidado. Cubo emitió un pitido bajo, de alarma, y su lente cuadrada se enfocó en algo a lo lejos. Siguiendo su mirada, Darío vio la vieja noria de hierro que descansaba junto al río como un esqueleto de gigante dormido. Pero ya no descansaba. Desde su centro emanaba una ausencia de color, y un siseo, como el de una radio mal sintonizada, lo llenaba todo: *ssshhhhh*. En el corazón de la noria, una mancha de estática oscura y vibrante se retorcía. El Nulificador. Y lo que era peor, en su centro palpitaba un punto de luz dorada, cada vez más débil. La luz luchaba, pero la sombra se la estaba bebiendo, como un agujero en el mundo.

Darío dio un paso al frente. Sus zapatillas hicieron un ruido suave en la tierra. Ya no quería esconderse. Mientras se acercaba, El Nulificador pareció notarlo. La estática creció y, de repente, proyectó imágenes a su alrededor. Eran los miedos de Darío. Vio un dibujo de su superhéroe favorito con todas las líneas torcidas, una suma que daba un resultado imposible (2+2=pez), los limones grises y sin vida. Era un bombardeo de errores, un grito de que todo estaba mal. Cubo rodó delante de Darío y proyectó un pequeño escudo de luz azul, pero los feos hologramas lo atravesaban. Darío miró todas aquellas imágenes rotas. No sintió miedo. Sintió... curiosidad. El Nulificador no era un monstruo que quisiera asustarlo. Era un niño enfadado, gritando que nada tenía sentido.

—No estás enfadado —dijo Darío en un susurro—. Estás desordenado.
Cerró los ojos. Entendió que no se podía luchar contra un garabato borrándolo, sino dibujando encima de él algo nuevo. En la oscuridad de su mente, escuchó el *ssshhhhh* del Nulificador. No como un ruido, sino como una nota larguísima, una nota que no encontraba su canción. Y Darío empezó a componer. Con un dedo, trazó una línea en el aire. Cubo pareció entenderlo al instante. Sus lentes zumbaron y proyectaron delante de Darío un lienzo de luz azul, un pentagrama matemático. Darío movía las manos, y cada gesto añadía una forma, un número, una conexión. No estaba luchando. Estaba resolviendo la ecuación más difícil de su vida. Estaba encontrándole una respuesta al ruido.

El patrón que Darío tejía en el aire creció y creció, una red de luz cada vez más compleja y bella. Finalmente, con un último y delicado gesto, conectó el principio con el final. Su ecuación estaba completa. La lanzó, no como una piedra, sino como una manta suave, hacia la noria. La red de luz envolvió al Nulificador. El siseo se detuvo. Por un instante, hubo un silencio absoluto. Luego, la mancha de estática empezó a ordenarse. Las partículas grises encontraron su sitio, los bordes caóticos se convirtieron en una espiral perfecta. La sombra no fue destruida; fue transformada. Se convirtió en una nebulosa giratoria de colores nuevos y brillantes. Y en su centro, la Gran Ecuación, liberada, explotó en una ola de luz dorada y cálida que bañó toda la huerta, devolviendo el color a cada hoja y el canto a cada pájaro. Darío abrió los ojos, sintiendo el calor del sol en la cara. Él y Cubo miraron la nueva y brillante estrella que ahora giraba donde antes solo había ruido. Darío sonrió.

Chapter 5: El color de los números

La luz dorada de la Gran Ecuación se apagó, pero dejó el mundo encendido. La huerta de Murcia ya no era la misma. El verde de las hojas era más verde. El azul del cielo era más azul. El sol no solo calentaba, sino que parecía sonreír. Darío caminaba de vuelta a casa, con Cubo rodando a su lado, y sentía que el aire olía a una mezcla feliz de tierra mojada, flores y limones recién estrenados. El río cantaba su canción de siempre, pero ahora lo hacía con más ganas, y las abejas zumbaban una melodía que Darío entendía perfectamente: era una canción de agradecimiento.

Mientras pasaba por la plaza del pueblo, Darío vio una telaraña perfecta entre dos ramas de un olivo. Sin pensarlo, se arrodilló y empezó a dibujar su geometría en el polvo con un palito. Estaba tan concentrado que no oyó a otro niño que se paró detrás de él.
—¿Otra vez con tus dibujos raros? —dijo la voz.
Antes, Darío se habría puesto rojo y habría borrado el dibujo con el pie. Pero esta vez fue diferente. Se giró, levantó la vista y sonrió, una sonrisa pícara que le iluminó la cara.
—No es un dibujo raro. Es el mapa de un castillo y una cocina al mismo tiempo.
El otro niño arrugó la nariz.
—¿Qué dices? ¡Eso es una telaraña!
—Claro —respondió Darío, poniéndose de pie—. La araña es una súper matemática. Construye su casa con las formas más fuertes que existen, todas unidas en el centro. Así, si un bicho choca, todo el castillo tiembla y ella lo nota. Es una trampa, una casa y un plato. Todo a la vez. ¿A que mola?
El niño se quedó mirando la telaraña con los ojos muy abiertos, como si la viera por primera vez.

Al atardecer, Darío se sentó en el pequeño porche de su casa, con Cubo acurrucado a sus pies. El robot emitía un suave ronroneo de metal caliente y felicidad. El cielo se pintaba de naranjas, rosas y violetas. Darío miró las nubes que flotaban, lentas, cambiando de forma. Seguía viendo patrones y secuencias en ellas, formas que se sumaban y se restaban con la brisa. Pero ya no eran problemas que resolver. Eran otra cosa. Eran poemas que el viento escribía en el cielo, versos de colores que solo él podía leer. Y por primera vez en su vida, sintió que ser Darío, el niño que veía el color de los números, era el mejor superpoder del universo.

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