La luz del sol se coló por la persiana, dibujando rayas de tigre en la alfombra. Pepe se estiró en la cama con la pereza de un gato feliz. Por un momento, lo único que existía era el recuerdo del Capitán Plástico, brillante y perfecto en su escritorio. Se levantó de un salto, con las gafas azules ya puestas, listo para empezar el día con su nuevo héroe. Pero se quedó quieto a medio camino.
Su habitación no era su habitación. Parecía que un arcoíris hubiera estornudado sobre ella. Un reguero de manchas rojas, pegotes de cera amarilla y un rastro brillante de purpurina azul serpenteaba por el suelo de madera. El camino comenzaba cerca de su estantería de arte y se perdía por la puerta entreabierta. Pepe frunció el ceño. No recordaba haber jugado con las pinturas. Se acercó, curioso, sin tocar nada, como si estuviera en la escena de un crimen muy, muy colorido.
Un nudo de inquietud empezó a formarse en su estómago. Dejó de lado el misterio de las manchas y corrió hacia su escritorio, donde su cuaderno de dibujo reposaba junto al Capitán Plástico. Lo abrió con manos temblorosas en la página de siempre. El contorno de lápiz, esas líneas familiares y un poco torpes, estaba allí. Pero estaba vacío. El papel, dentro del contorno, era blanco y liso. Boceto no estaba.
El corazón le dio un vuelco. Volvió sobre sus pasos, siguiendo el rastro de colores hasta la estantería. Allí, junto a su estuche de arte abierto y revuelto, vio algo nuevo en el suelo. Era un trozo de papel de acuarela. Sobre él, había un pequeño dibujo hecho con lápiz. Mostraba a Boceto mirándose en una superficie brillante, con la imponente figura del Capitán Plástico a su espalda. La línea que formaba la boca de Boceto no era una sonrisa. Era una línea recta y triste. De repente, todo encajó en la cabeza de Pepe con un peso enorme, un peso que se sentía muy parecido a la culpa.
Con el pequeño dibujo en la mano, Pepe salió de su habitación. No corrió. Caminó despacio, como si sus zapatillas pesaran una tonelada. Encontró a Olivia en el pasillo, practicando una llave de judo contra un enemigo invisible. Llevaba sus leggings y una sudadera de colores, lista para la acción.
—Olivia... —empezó Pepe, y su voz sonó extraña, más pequeña de lo normal.
Ella se detuvo, sintiendo al instante que algo no iba bien.
—¿Qué pasa? Parece que has visto un fantasma.
Pepe respiró hondo. Era su secreto, el más importante de todos. Pero ahora mismo, el miedo era más grande que el secreto.
—Mis dibujos... mis dibujos por la noche... cobran vida. Y el mejor de todos, mi amigo Boceto, se ha escapado. Creo que es por mi culpa.
Olivia lo miró fijamente, con sus ojos verdes muy abiertos. No se rio. No dijo que estaba loco. Se acercó un paso y le puso una mano en el brazo.
—Un amigo se ha perdido —dijo, con la seriedad de un general antes de la batalla—. Pues habrá que encontrarlo.
La respuesta de Olivia fue como un vaso de agua fresca. Pepe la miró, y un poquito de la pesada culpa se aligeró.
—¿De verdad? —murmuró.
—¡Claro! —exclamó ella, y su energía habitual volvió de golpe—. Tenemos un rastro, ¿no? ¡Manchas de colores! ¡Esto es un caso para los detectives de misterios! Tú serás el detective jefe, porque es tu amigo. Yo seré la especialista en seguir pistas.
Volvieron a la habitación de Pepe. Ahora, el desorden no parecía tan triste. Parecía una misión. Se arrodillaron a la entrada, mirando el rastro de colores que salía al pasillo.
—Vale, especialista en pistas —dijo Pepe, y una pequeña sonrisa asomó por primera vez en su cara esa mañana—. ¿Por dónde empezamos?
Olivia señaló con un dedo decidido las pequeñas manchas de colores que se perdían en la oscuridad del pasillo.
—Por ahí —dijo con una voz llena de aventura—. ¡Vamos a buscar a ese corazón de garabato!