Espanyol Impast pastel

La Capitana Clara y el Tesoro de las Estrellas de Leche

Fet per a Clara

Una galaxia en el salón. Un tesoro que ya no ronronea. Para devolverle la alegría a su mejor amigo, la intrépida Capitana Clara navegará por nebulosas de cojines y se enfrentará a monstruos ruidosos. Un viaje para descubrir que el mejor botín pirata del universo es, a veces, el que se acurruca en tu regazo.

On va començar

Tot va començar amb una espurna

Cada llibre d'Imagibo neix d'unes poques decisions senzilles. Aquesta és l'espurna que va donar origen a aquest.

El cor de la història

Lo importante en la vida es cuidarse unos a otros. Una historia con mucho humor.

Protagonista

Clara · 5 anys

Clara es una niña de 5 años. Tiene el pelo negro y corto. La piel blanca y los ojos azules. Suele llevar un vestido rosa. Clara es divertida y le gustan mucho los gatos. No le gusta estudiar y tiene mucha imaginación. Se distrae fácilmente y pierde cosas sin querer.

Acompanyant

Emilio

Emilio es un gato común Europeo. Es blanco y naranja, tiene grandes manchas de un naranja muy intenso atigrado. Emilio tiene una barriga gordita y es a veces un poco de mala leche pero Clara y él se quieren mucho. Emilio siempre persigue a Clara y en cuanto puede se sienta en las piernas de Clara.

Nivell de màgia

Una mica de màgia

Estil d'il·lustració

Impast pastel

Pintures molt texturitzades amb grans pinzellades expressives en tons pastel suaus i un subtil toc surrealista.

Temes

Pirates Aventura espacial

El repartiment

Coneix els personatges

Alguns vénen directament de la idea original; altres apareixen pel camí. Cadascun s'il·lustra per mantenir-se fidel d'una pàgina a l'altra.

Clara

Clara es la chica que Alejandro acaba de conocer. Tiene el pelo negro y corto, unos ojos claros que destacan por su brillo y una sonrisa bonita y sincera que parece iluminarlo todo. Su presencia, aunque breve en la vida de Alejandro, ha sido suficiente para desencadenar la magia. En la historia, no participa directamente en la aventura, pero su recuerdo es la luz guía de Alejandro, la razón por la que su chispa es tan brillante y poderosa. Representa la promesa del amor y la conexión.

Emilio

Emilio es un gato común europeo, pero él se siente como un rey. Es un gato robusto, con una barriga redondita que demuestra su amor por las siestas y la buena comida. Su pelaje es una mezcla de blanco y naranja: tiene la panza y las patas blancas, pero la espalda y la cola están cubiertas de manchas grandes de un naranja atigrado muy intenso, como un pequeño tigre doméstico. Tiene unos ojos verdes muy expresivos. Aunque a veces parece tener 'mala leche', con bufidos y miradas de desdén si algo no le gusta, en el fondo adora a Clara. Su amor se demuestra persiguiéndola a todas partes como una sombra peluda y aprovechando cualquier oportunidad para acurrucarse en su regazo y empezar a ronronear ruidosamente. Es el contrapunto perfecto a la energía de Clara: él es la calma (y la queja) y ella es la tormenta (de ideas).

El llibre acabat

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Capítol 1: Un Rey Sin Su Tesoro

Clara reía a carcajadas en el centro del salón. Su vestido rosa se arremolinaba como un pétalo de flor cada vez que giraba. En su mano, sostenía un pequeño ratón de lana gris con bigotes de hilo.
—¡Allá va, Emilio! ¡A la caza!
Con un lanzamiento perfecto, el ratoncito voló por el aire. Emilio, su gato de manchas naranjas y barriga redondita, saltó como un resorte. Sus patas aterrizaron con un suave *puf* sobre la alfombra, justo donde había caído el juguete. Lo atrapó, lo sacudió con orgullo y trotó de vuelta hacia Clara, dejándolo a sus pies y mirándola con sus intensos ojos verdes, esperando más.

—¡Esta vez más alto! —anunció Clara.
Lanzó el ratón con todas sus fuerzas. El juguete subió, subió, y por un instante, pareció tocar el techo. Justo en ese momento, un rayo de sol entró por la ventana y atravesó la habitación. El polvo que flotaba en el aire se convirtió en mil estrellitas diminutas, una vía láctea secreta que solo ella podía ver. Clara se quedó quieta, con la boca un poco abierta, maravillada por ese universo fugaz.
Cuando bajó la mirada, Emilio estaba buscando. Olisqueaba la alfombra. Daba vueltas en círculo. Su cola, antes erguida y feliz, ahora se movía de un lado a otro, nerviosa. Del ratoncito de lana, no había ni rastro.

Emilio maulló, un sonido corto y quejoso. Buscó debajo del sofá. Miró detrás de una maceta. Nada. Con un suspiro que pareció desinflar un poco su barriguita, se dio por vencido. Caminó con la dignidad de un rey ofendido hasta su cojín preferido, se subió y se enroscó. Pero no era una bola de pelo feliz. Era un panecillo naranja y blanco, enfadado y triste.
Clara se acercó con otro juguete, una pelota con un cascabel.
—¿Y esta, Emilio? ¡Mira qué divertida!
El gato giró la cabeza, le dedicó una mirada de profunda decepción y le dio la espalda. Un pequeño *hmpf* salió de su nariz. Clara sintió un pellizco en el pecho. El salón, de repente, parecía muy silencioso.

Clara miró a su amigo, hecho un ovillo de pena naranja. Luego miró a su alrededor. El sofá no era un sofá; era una cordillera gigante. La alfombra no era una alfombra; era un océano de lana. ¡El tesoro tenía que estar en algún lugar de aquella inmensa galaxia!
Una idea chispeó en su cabeza, tan brillante como las estrellas de polvo que había visto antes. Sus ojos azules se encendieron. Se puso muy derecha, con los hombros hacia atrás. Ya no era una niña despistada. Era una líder.
Se acercó a Emilio y, con voz solemne y clara, anunció:
—¡No temas, amigo mío! ¡Soy la Capitana Clara! Y tú… serás mi Primer Oficial. ¡Juntos encontraremos tu tesoro, aunque tengamos que navegar hasta el último rincón del universo!

Capítol 2: El Ronroneo Veloz

La misión necesitaba una nave. Y una Capitana como Clara sabía exactamente dónde encontrarla. En un rincón, junto a una estantería, dormía una gran caja de cartón. ¡Perfecta! Con un rotulador negro dibujó botones, palancas y una gran ventana hacia las estrellas. En el costado, escribió con letras valientes su nombre: «El Ronroneo Veloz».
—¡Primer Oficial Emilio! —llamó con voz de mando—. ¡A bordo!
Emilio, desde su cojín, abrió un ojo. Lo volvió a cerrar. No parecía muy interesado en la exploración espacial. Clara lo levantó con cuidado, como si fuera un tesoro frágil, y lo depositó dentro de la caja. Él se quedó allí sentado, una bola de pelo naranja y blanca con cara de «¿esto es todo?»

—¡Motores a toda potencia! —gritó la Capitana Clara, sentada con las piernas cruzadas dentro de la nave. Hizo un ruido grave con la garganta: *¡Vruuuuummmm!*. Empujó el suelo con los talones y 'El Ronroneo Veloz' se deslizó por el parqué.
Emilio se tambaleó un poco, pero se reajustó con la elegancia de un gato que no admite haber perdido el equilibrio. Miró a su capitana como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¡Despegue inminente! ¡Tres, dos, uno…! ¡AL ESPACIO! —chilló Clara, y la nave de cartón aceleró, rumbo a la frontera más cercana: el sofá.

La nave aterrizó con un suave golpe contra un mar de tela.
—Hemos llegado, Primer Oficial. ¡La Nebulosa de los Cojines! El tesoro podría estar aquí.
Clara se asomó por el borde de la caja. Ante ella se alzaban montañas de almohadas y profundos valles de tela arrugada. Con cuidado, salió de la nave y empezó a escalar un cojín gigante. Emilio saltó fuera con un movimiento ágil y, en lugar de buscar, se dedicó a olisquear un punto muy interesante del suelo.
—¡Nada por aquí, capitana! —dijo Clara con voz de exploradora—. Solo… ¿una galleta?
En el fondo de un cañón entre dos cojines, encontró una galleta a medio comer. Y un poco más allá, atrapado en un pliegue, un calcetín solitario. Pero del ratoncito de lana, ni rastro.

La Capitana Clara bajó de las montañas-cojín y volvió a la nave, con el ánimo un poco arrugado, como el calcetín que había encontrado. Buscó a su Primer Oficial. No estaba olisqueando. Estaba acurrucado en el planeta-cojín más esponjoso y soleado de toda la nebulosa. Se lamía una pata con calma, y después de un bostezo que enseñó todos sus dientecitos, se enroscó y se quedó dormido. Solo un suave maullido de protesta se escapó de sus sueños cuando Clara suspiró cerca.
—Esta misión va a ser muy difícil… —murmuró la Capitana para sí misma, sentada sola en su nave de cartón. El universo parecía, de repente, muy grande y silencioso.

Capítol 3: El Rugido del Aspirasaurus

La Capitana Clara no se rindió. ¡Un Primer Oficial dormido no era excusa! Se levantó y empujó suavemente la caja-nave con Emilio dentro, saliendo de la galaxia del salón.
Entraron en el 'Pasillo de los Ecos Fríos'. Era un túnel largo y estrecho, y el suelo de madera parecía un río helado. La luz era más tenue aquí. Cada pasito de Clara resonaba con un 'toc' que se perdía a lo lejos. Emilio, ya despierto por el movimiento, se asomó por el borde de la caja. Sus orejas se movían como dos radares, captando los extraños sonidos del nuevo territorio.

Y entonces, lo vieron. Al final del pasillo, durmiendo en una esquina, había una bestia extraña y con una larga trompa.
—Un monstruo… —susurró Clara con emoción—. ¡El legendario Aspirasaurus!
Pero justo en ese momento, una puerta se abrió en la casa y el monstruo despertó con un rugido ensordecedor: ¡RRRRRRUUUUUUUMMMMM!
La bestia cobró vida. Una lucecita se encendió en su lomo y el rugido se hizo más y más fuerte. No era un rugido de juego. Era un ruido que hacía vibrar el suelo y lo llenaba todo.

El rugido del Aspirasaurus fue demasiado para Emilio. Por primera vez en la aventura, su miedo fue de verdad. Se le erizó todo el pelo del lomo, convirtiendo sus manchas naranjas en una cresta puntiaguda. Bufó, un sonido agudo y asustado. De un salto, salió de la caja y corrió a esconderse detrás de lo único que le parecía seguro en el universo: las piernas de Clara. Temblaba como una hoja.
En ese instante, para Clara, el Aspirasaurus dejó de ser un monstruo de un juego. La búsqueda del tesoro desapareció de su mente. El universo entero se encogió hasta ser solo su amigo, temblando de pánico detrás de ella.

—Tranquilo, Primer Oficial. La Capitana está aquí —dijo con una voz suave que no parecía la suya.
Sin pensarlo dos veces, se puso delante de él, abriendo los brazos como si su pequeño cuerpo pudiera hacer de escudo. El Aspirasaurus seguía rugiendo, inmóvil pero amenazante.
—¡Eh, tú, monstruo feo! ¡Por aquí! —gritó, y dio una patada suave a la caja de cartón. 'El Ronroneo Veloz' se deslizó por el pasillo, un señuelo perfecto.
Mientras el monstruo (o la persona que lo controlaba) se movía hacia la caja, Clara agarró a Emilio. Corrieron juntos, con las patas y los pies descalzos, hasta que doblaron una esquina y el rugido se convirtió en un murmullo lejano.
Se sentó en el suelo, con Emilio en su regazo. Le acarició el lomo una y otra vez, sintiendo el rápido latido de su corazón bajo el pelo.
—Ya pasó, ya pasó... Estás a salvo.
Mientras lo abrazaba, se dio cuenta de algo. El tesoro ya no importaba. Tener a su amigo a salvo, sintiendo cómo su temblor se calmaba poco a poco bajo sus caricias, era la mejor aventura de todas.

Capítol 4: El Mapa en el Bolsillo

Con Emilio todavía en brazos, la Capitana Clara llegó al último planeta conocido de la galaxia: su cuarto. Era el 'Planeta del Descanso', un lugar tranquilo y lleno de colores. Dejó a Emilio con suavidad sobre la alfombra suave, que era como un campo de hierba de algodón. Su amigo, ya más tranquilo, empezó a frotarse contra sus piernas, soltando un ronroneo bajito, como un motor que se vuelve a encender poco a poco. Ya no miraba a su alrededor con miedo, sino con su curiosidad de siempre.

Ahora la misión era distinta. Ya no buscaba un tesoro pirata, buscaba la alegría de Emilio.
—Vamos a encontrarlo, Primer Oficial. Te lo prometo —le susurró.
Con una energía renovada, se puso a buscar. Miró en la caja de los juguetes, creando una colorida avalancha de bloques y muñecos. Se metió debajo de la cama, donde vivían las pelusas y un par de zapatos solitarios. Buscó detrás de las cortinas, que olían a sol. Emilio la seguía a todas partes, una pequeña sombra naranja y blanca que observaba cada uno de sus movimientos con sus ojos verdes muy abiertos.

Pero el ratoncito no aparecía. Clara se sentó en el suelo y suspiró. Se sentía un poco como un globo deshinchado. Emilio se acercó y le dio un pequeño empujón con la cabeza en el brazo, como diciendo: «No te preocupes».
Clara se quedó pensando. Un buen pirata necesita un mapa del tesoro. Pero ella no tenía mapa. ¿O sí? Pensó en cómo se pierden las cosas. Sobre todo, sus cosas. Las cosas pequeñas… las que no pesan… las que guarda sin pensar… A veces, cuando se distraía…
Se le iluminaron los ojos. Su mente hizo *¡clic!*

Aquesta il·lustració encara no està disponible.

El corazón le empezó a latir muy rápido, como un tambor pirata. Lenta, muy lentamente, llevó la mano hacia el bolsillo de su vestido rosa. El bolsillo que parecía tener un agujero porque siempre se le perdían las cosas… ¿o era un bolsillo que las guardaba demasiado bien?
Metió los dedos. Notó un poco de pelusa. El envoltorio de un caramelo. Y entonces… algo suave. Algo familiar.
Con los ojos muy abiertos, sacó la mano. Y allí, descansando en la palma, sucio pero sano y salvo, estaba él. El pequeño ratoncito de lana gris. El tesoro más buscado de la galaxia. El mapa del tesoro… siempre había estado en su bolsillo. Se quedó mirándolo, con una mezcla de sorpresa, alivio y un poquito de risa por su propio despiste.

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Capítol 5: El Ronroneo del Tesoro

Con la solemnidad de un pirata presentando un gran descubrimiento, la Capitana Clara se arrodilló en la alfombra. Sostenía el ratoncito de lana en la palma de su mano, como si fuera la joya más rara de la galaxia.
—Primer Oficial Emilio —dijo con voz de ceremonia—. He encontrado tu tesoro.
Emilio se acercó despacio. Sus bigotes temblaron. Primero, olfateó el aire. Luego, se acercó a la mano de Clara y olisqueó el ratoncito con mucha concentración, como si tuviera que asegurarse de que era el auténtico y no una copia de un planeta lejano.

Después de un último olfateo, Emilio empujó el ratón suavemente con la nariz. Y entonces, ocurrió. De lo más profundo de su barriga gordita, nació un sonido. Primero fue un zumbido bajito, casi un secreto. Pero luego creció y creció hasta convertirse en un motor de felicidad.
*¡PRRRRRRRRRRRRRR!*
El ronroneo era tan fuerte que parecía hacer cosquillas en el aire. Emilio cerró los ojos, lleno de una alegría inmensa. Ya no era un rey gruñón. Era el gato más feliz de todo el universo conocido.

Aquesta il·lustració encara no està disponible.

El Primer Oficial no se contentó con ronronear. Empezó a dar vueltas alrededor de Clara, frotando su cuerpo contra sus piernas una y otra vez, marcándola con su felicidad. Era un baile de agradecimiento naranja y blanco. Cada vuelta era un 'gracias'. Cada roce, un 'te quiero'.
Luego, con el tesoro sujeto suavemente entre los dientes, dio un salto ágil y aterrizó, *puf*, justo en el regazo de su capitana. Se enroscó con cuidado, colocó el ratoncito entre sus patas y la miró con sus grandes ojos verdes, como si dijera: «Misión cumplida».

Clara lo rodeó con sus brazos en un abrazo suave. Apoyó la barbilla en la cabecita de Emilio y cerró los ojos. Podía sentir el *prrrr-prrrr-prrrr* de su amigo vibrando contra ella, un calorcito que le llenaba todo el pecho. El ratoncito de lana estaba allí, a salvo entre las patas de Emilio, pero Clara apenas se fijó en él. Se dio cuenta de que el mejor botín pirata, el tesoro más increíble de todas las galaxias… era ese pequeño motor de felicidad que roncaba en su regazo. Y ese, supo, no se podía perder nunca.

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