Espanyol Claymation

Lucía y el Secreto de los Garabatos

Fet per a Lucía

Un mapa que no lleva a ningún lugar. Un tesoro que no es de oro. Para Lucía, el mundo cabe en las páginas de un libro. Pero su hermana Sofía ha dibujado una aventura en un trozo de papel, y sus garabatos parecen brillar con magia secreta. ¿Y si para encontrar el tesoro tuviera que soltarlo todo y atreverse a reír? Algunos mapas no te enseñan un camino, sino a mirar con otros ojos.

On va començar

Tot va començar amb una espurna

Cada llibre d'Imagibo neix d'unes poques decisions senzilles. Aquesta és l'espurna que va donar origen a aquest.

El cor de la història

Lucía aprende que cuidar de su hermana pequeña Sofía no es una carga, sino una de las cosas más bonitas de la vida. Y que para ser una buena hermana mayor no hace falta ser perfecta ni tenerlo todo controlado: a veces hay que soltar el libro, tirarse a la aventura y reírse sin motivo. La historia quiere que Lucía descubra que divertirse con Sofía es también su forma de quererla.

Protagonista

Lucía · 10 anys

Lucía tiene 10 años y vive con su familia en Madrid, en el barrio de Moratalaz. Tiene el pelo castaño oscuro liso hasta los hombros y unos ojos color avellana que se parecen mucho a los de su hermana pequeña. Es muy responsable y un poco seria para su edad, le encanta leer y se pasa las tardes con un libro en la mano. A veces se toma las cosas demasiado a pecho y le cuesta relajarse y disfrutar. Es la hermana mayor y siente que tiene que cuidar siempre de su hermana Sofía, aunque a veces eso le pesa un poco.

Acompanyant

Sofía

Sofía es la hermana pequeña de Lucía, tiene 6 años y vive con ella en Madrid. Tiene el mismo pelo castaño oscuro que su hermana pero en rizos, y los mismos ojos avellana. Es muy movida, no para quieta ni un momento, y siempre quiere hacer lo que hace Lucía. Le encanta dibujar en cualquier trozo de papel que encuentre. Es muy cariñosa y risueña, aunque a veces monta unos berrinches tremendos cuando algo no sale como ella quiere.

Nivell de màgia

Una mica de màgia

Estil d'il·lustració

Claymation

Handmade characters and worlds sculpted from colorful clay, with a chunky, tactile feel inspired by classic stop-motion animation

Temes

Vida quotidiana

El repartiment

Coneix els personatges

Alguns vénen directament de la idea original; altres apareixen pel camí. Cadascun s'il·lustra per mantenir-se fidel d'una pàgina a l'altra.

Lucía

Lucía es una niña de 10 años que vive en Madrid, en el barrio de Moratalaz. Tiene el pelo castaño oscuro, liso y cortado a la altura de los hombros, y unos ojos color avellana muy expresivos que se parecen a los de su hermana. Es muy responsable y un poco seria para su edad. Viste de forma cómoda y sencilla, a menudo con vaqueros, una camiseta de su color favorito y zapatillas de deporte, porque aunque su plan ideal sea pasarse la tarde con un libro en la mano, siempre está lista para lo que pueda surgir. A veces se toma las cosas demasiado a pecho y le cuesta relajarse y disfrutar, sintiendo el peso de tener que cuidar siempre de su hermana pequeña.

Sofía

Sofía es la hermana pequeña de Lucía, tiene 6 años y es un torbellino de energía. Su pelo es castaño oscuro como el de Lucía, pero lleno de rizos rebeldes, y comparte sus mismos ojos color avellana. No para quieta ni un momento y siempre quiere imitar a su hermana mayor. Le encanta dibujar en cualquier trozo de papel que encuentra. Su ropa es tan vibrante como ella: suele llevar vestidos muy coloridos o petos sobre camisetas de rayas, y sus zapatillas preferidas tienen luces que parpadean al caminar. Es muy cariñosa y su risa es fácil y contagiosa, aunque su frustración puede desatar berrinches monumentales y muy teatrales.

El llibre acabat

Llegir Lucía y el Secreto de los Garabatos

Capítol 1: El Tesoro de Papel

Aquel tesoro tenía páginas y olía a papel viejo. Para Lucía, el mundo entero podía encogerse hasta caber en el rectángulo de un libro, y ella era feliz así. Sentada en el sofá, con las piernas cruzadas como un ovillo, estaba a punto de descubrir el secreto del Bosque Silbante cuando un ruido, una especie de terremoto de pies pequeños, hizo temblar el suelo de madera. Levantó la vista del libro justo un segundo antes de que la puerta se abriera de golpe.

Sofía entró como un torbellino de rizos y colores. Llevaba su peto vaquero favorito, ese con una mancha de pintura amarilla en la rodilla, y agitaba un trozo de papel arrugado como si fuera la bandera de un país recién descubierto.
—¡Lucía, Lucía! ¡Mira! —su voz era una campanilla urgente.
Lucía frunció el ceño. El Bosque Silbante se desvaneció. Marcó la línea con el dedo para no perderse.
—Sofí, estoy leyendo —dijo, intentando que su voz sonara paciente.
—¡Pero es que he dibujado un mapa! —anunció Sofía, plantándose delante de ella y tapándole la luz—. Un mapa de un tesoro secreto. ¡Aquí, en el barrio!

Lucía miró el papel. Era un laberinto de líneas de ceras de colores, con un sol sonriente en una esquina y una gran ‘X’ roja. Luego miró a Sofía. Sus ojos avellana, tan parecidos a los de Lucía, brillaban con una ilusión tan grande que parecía imposible de contener. Lucía suspiró. Fue un suspiro largo, un suspiro de hermana mayor que sabe que hay batallas que no merece la pena luchar. Con una lentitud casi ceremonial, cerró su libro, no sin antes colocar con cuidado un marcapáginas justo donde el bosque había empezado a silbar.
—Está bien —dijo, y una pequeña sonrisa se le escapó—. Venga, exploradora. Enséñame el camino a ese tesoro.

Capítol 2: Los Árboles que Lloran

Sofía salió a la calle tirando de la mano de Lucía, como un barquito remolcando a otro mucho más grande y perezoso. El mapa del tesoro, doblado con sumo cuidado, iba en su otra mano.
—¡Vamos, Lucía, que el tesoro se va a escapar! —canturreaba, casi a saltos sobre las baldosas grises de la acera.
Lucía metió su mano libre en el bolsillo del vaquero. Sentía el vacío que había dejado su libro.
—Tranquila, Sofí. Los tesoros no tienen piernas —murmuró, observando cómo el sol de la tarde doraba los ladrillos de los edificios de Moratalaz.
Sofía se paró en seco en la entrada del parque. Desdobló el mapa con la seriedad de un almirante y lo estudió, girándolo una y otra vez. Lucía la miraba por encima del hombro. La pequeña señaló con un dedo decidido una mancha verde en el papel.
—Es por allí —dijo, con la voz llena de misterio—. Donde los árboles lloran.

Los 'árboles que lloraban' eran un pequeño grupo de sauces cuyas ramas caían hasta casi tocar el suelo, formando una especie de cortina verde y temblorosa. Sofía se adentró en su sombra de puntillas, como si no quisiera romper un hechizo. Lucía la siguió, sintiendo cómo el aire se volvía más fresco.
—Según el mapa… —susurró Sofía, acercando el papel a su cara—. Tiene que estar debajo de la raíz enfadada.
Su dedito, todavía manchado con cera roja, recorrió una línea azul hasta un garabato que representaba el árbol. Mientras lo señalaba, Lucía se inclinó para mirar. Por un instante, solo un latido, le pareció que la línea de cera azul brillaba con una luz propia, un destello suave y cálido que se apagó al momento. Lucía parpadeó, confundida. Debía de ser el sol, filtrándose entre las hojas. Seguro.
Pero Sofía, ajena a todo, ya estaba arrodillada junto a una gran raíz que se retorcía fuera de la tierra. —¡Aquí! ¡Es esta!

Lucía se agachó a su lado, sintiendo el olor a tierra húmeda. Apartó con los dedos un montón de hojas secas que crujieron como papel viejo. Y entonces lo vio. En un pequeño hueco, casi invisible, había otro trozo de papel, doblado en cuatro partes exactas.
—¡Lo ves! ¡Lo sabía! —chilló Sofía, dando una palmada.
Lucía lo cogió. El papel estaba un poco frío. Lo desdobló con un cuidado que no sabía que tenía para esas cosas. Dentro no había letras, sino otro dibujo de Sofía. Representaba una gran forma curvada de color gris, con una escalera subiendo por un lado. Un monstruo de metal.
Reconoció el dibujo al instante: era el tobogán gigante del parque de juegos. Lentamente, levantó la cabeza y miró a su hermana. Sofía saltaba en el sitio, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes de pura emoción. No era solo un juego improvisado. Lo había planeado. Había escondido la pista. Por primera vez, Lucía sintió un cosquilleo en el estómago, una chispa de auténtica curiosidad. Quizás, solo quizás, esta aventura iba a ser interesante de verdad.

Capítol 3: La Regla es Reír

El monstruo de metal era enorme. Brillaba bajo el sol de la tarde, su lomo gris y curvado se alzaba hacia el cielo como una gran ola a punto de romper. Sofía corrió hacia él sin dudarlo, pero Lucía se detuvo a una distancia prudente, con el ceño fruncido y el dibujo de la pista en la mano.
—A ver… —murmuró para sí misma—. Si esto es el monstruo, la siguiente pista tiene que estar escondida en alguna parte.
Empezó a rodear la estructura, pasando los dedos por los tornillos oxidados y las uniones de metal. Buscaba una marca, una pegatina, una pieza suelta. Cualquier cosa que no encajara. Mientras, Sofía ya se había subido a la escalera y la miraba desde arriba.
—¿Qué haces? ¡Veeen! ¡Es para tirarse!
—Espera, Sofí. Estoy pensando —respondió Lucía, sin levantar la vista—. Así funcionan las búsquedas del tesoro. Hay que resolver los acertijos.

Pero Sofía no quería resolver acertijos. Sofía quería deslizarse por la espalda del monstruo de metal. Bajó las escaleras de un salto y corrió hacia su hermana.
—¡No quiero pensar! —dijo, tirando de la camiseta de Lucía—. ¡Quiero jugaaaar!
—Sofía, para, que me vas a romper el dibujo.
—¡Jugar, jugar, jugar! —insistió Sofía, con la voz empezando a temblar.
Lucía se irguió, sintiendo una punzada de irritación.
—Te he dicho que esperes un momento, ¿vale? No se puede tener todo ya.
Fue la frase equivocada. La cara de Sofía se arrugó. Sus mejillas se pusieron rojas como un tomate. Abrió la boca y de ella salió un grito agudo que hizo que un par de palomas levantaran el vuelo asustadas. Apoyó los puños en las caderas y pataleó el suelo con todas sus fuerzas. La gran expedición del tesoro se había estrellado contra un berrinche colosal.

El mundo se quedó en silencio, excepto por los sollozos de Sofía. Lucía la miró. Vio sus rizos despeinados, su camiseta de rayas manchada de lágrimas y la pura injusticia del mundo reflejada en sus ojos. Por un instante, quiso decirle que parara, que estaba montando un espectáculo. Pero entonces miró el tobogán, brillante e indiferente. Y miró sus propias manos, que aferraban un trozo de papel como si fuera la respuesta a todo. Y entendió. Aquel no era un acertijo de sus libros. Era un juego de Sofía. Y los juegos de Sofía tenían otras reglas.
Caminó despacio hacia un banco cercano. Dobló con cuidado el mapa y la pista y, junto a ellos, dejó su libro, el que había traído por si acaso. Después, se giró hacia Sofía.
—Vale —dijo en voz baja—. Tú ganas.
Y para el completo asombro de su hermana, Lucía corrió hacia la escalera del tobogán, subió los peldaños de dos en dos y, sin pararse a pensar, se lanzó. El aire le silbó en los oídos y un grito se le escapó de la garganta. Pero no era un grito de miedo. Era un grito que, a mitad de camino, se convirtió en una sonora y liberadora carcajada.

Aterrizó en la arena con un golpe suave, todavía riendo. Sofía, que se había quedado de piedra, parpadeó. Sus lágrimas se habían secado de repente. Una sonrisa tímida asomó en su cara, y luego estalló también en una risa contagiosa al ver a su hermana mayor sentada en el suelo, despeinada y feliz.
Lucía se secó una lágrima de la risa. Se sentía ligera. Mientras recuperaba el aliento, su mirada se posó en los columpios que tenía enfrente. El sol, bajo en el cielo, se reflejaba en el asiento de metal de uno de ellos, y proyectaba un brillo danzante sobre una pared de ladrillo cercana. Era una forma extraña, una mancha de luz temblorosa… con una especie de ojo en medio.
—Sofí… mira —susurró, señalando con el dedo.
Las dos se quedaron mirando el reflejo. Era una cueva de luz con un punto brillante en el centro. La siguiente pista.
No estaba escondida. Estaba a la vista de todos. Solo había que saber mirar. Y para saber mirar, a veces, la única regla era reír.

Capítol 4: El Tesoro Escondido a Plena Vista

Lo primero que hizo Lucía fue reír. Y lo segundo, ponerse en pie de un salto. La risa compartida las había convertido en cómplices, en un equipo.
—La cueva con un ojo de luz… —repitió Lucía, y esta vez su voz sonaba a aventura, no a obligación.
—¡Nuestra casa! —gritó Sofía, como si fuera la respuesta más obvia del universo—. ¡El portal es la cueva porque está oscuro y el ojo de luz es la lucecita para llamar!
Lucía la miró, asombrada por esa lógica aplastante y perfecta. Ya no había dudas, solo un camino claro.
—¡Pues vamos! —exclamó Lucía, y esta vez fue ella quien agarró la mano de Sofía.
Corrieron. Atravesaron el parque y salieron a las aceras que conocían como la palma de su mano. Pero todo parecía distinto. Las tiendas de siempre eran castillos en la distancia, los semáforos, guardianes que les daban paso, y el viento, un susurro que les animaba a ir más deprisa.

Llegaron sin aliento frente al portal de su edificio. Era un hueco oscuro en la fachada de ladrillo rojo, exactamente como una cueva. Y en la pared, junto a la puerta, un pequeño botón metálico con un círculo de plástico que se iluminaba por dentro. El ojo de luz.
Se miraron con los ojos como platos. ¡Era verdad! Sofía empujó la pesada puerta de cristal y se colaron dentro. El aire del portal era fresco y olía a limpio. Podían haber cogido el ascensor, pero la aventura no merecía atajos.
—¡Por las escaleras! —ordenó Lucía, la capitana de la expedición.
Subieron los escalones de dos en dos. Sus zapatillas hacían un eco rápido y hueco: ¡tac-tac-tac-tac! Sus corazones latían al mismo ritmo, un tambor que marcaba el final de la búsqueda. Cada piso era un nuevo nivel conquistado.

Frente a la puerta de su casa, Sofía levantó el mapa original, el que había empezado todo. Sus pequeños garabatos señalaban una gran 'X' roja justo donde estaban paradas. Lucía metió la llave en la cerradura. Al girarla, el 'clac' sonó más solemne que nunca.
La puerta se abrió y entraron. La casa estaba en silencio, tan tranquila como la había dejado Lucía. Pero ahora, ese silencio no era de paz, sino de expectación.
—¿Y bien? —preguntó Lucía en un susurro—. ¿Dónde está el tesoro?
Sofía no respondió con palabras. Con una sonrisa pícara, corrió hacia el sofá del salón. Lucía la siguió, el corazón dándole un vuelco. Esperaba que su hermana levantara una maceta o mirara detrás de un cuadro. Pero Sofía se arrodilló, metió el brazo por debajo de un cojín con estampado de flores y, con un gesto triunfal, sacó… otro trozo de papel.

Solo un dibujo. No era un cofre, ni monedas de oro, ni joyas brillantes. Era un simple dibujo, hecho con ceras de colores sobre un folio blanco. Sofía se lo tendió a Lucía con las dos manos, como si fuera el objeto más valioso del mundo.
Lucía lo cogió. Estaba tibio por haber estado bajo el cojín. En el dibujo, dos figuras estaban de pie sobre un césped muy verde, bajo un sol muy amarillo que tenía una cara sonriente. Una de las figuras era alta, con el pelo liso y castaño. La otra era más pequeña, con una nube de rizos en la cabeza. Las dos se daban la mano. Y las dos sonreían.
Lucía levantó la vista del papel y miró a Sofía. Su hermana pequeña la miraba con esos mismos ojos color avellana, llenos de un cariño que lo abarcaba todo. Y entonces, Lucía lo entendió.
El tesoro no era el dibujo. El tesoro era correr por las calles sintiendo que volabas. El tesoro era el grito que se convertía en risa al bajar por el tobogán. El tesoro era ese momento, allí mismo, las dos juntas mirando un trozo de papel.
Sin decir nada, Lucía dejó el dibujo en la mesita, se arrodilló y abrazó a su hermana con todas sus fuerzas. Y en ese abrazo silencioso cabían todos los tesoros del mundo.

Capítol 5: El Mapa de Mañana

Se quedaron un rato así, en el suelo del salón, hechas un nudo de brazos y piernas. El calor del abrazo de Sofía era como el sol de la tarde después de un chaparrón. Cuando por fin se separaron, Lucía se quedó sentada sobre sus talones, mirando la alfombra. El dibujo del tesoro, el que se daban la mano, seguía ahí, entre ellas dos. Un pensamiento fugaz cruzó la mente de Lucía: su libro, con el marcapáginas puesto, se había quedado solo en un banco del parque. Pero la punzada de preocupación que esperaba no llegó. En su lugar, sintió algo parecido a una sonrisa por dentro. El Bosque Silbante podía esperar.

Al lado del sofá estaba la caja de todos los tesoros de Sofía: una caja de zapatos abollada y llena hasta los bordes de ceras de colores, rotuladores sin tapa y trozos de papel. Lucía alargó la mano y cogió una hoja en blanco. Después, rebuscó en el caos de la caja hasta que sus dedos encontraron una cera de color azul, un azul intenso como el cielo justo después de la lluvia. Sofía la miraba en silencio, con la cabeza ladeada y los rizos cayéndole sobre un ojo.
Lucía alisó el papel sobre la alfombra. Levantó la cera azul como si fuera una varita mágica y le guiñó un ojo a su hermana.
—Muy bien, exploradora —dijo, y su sonrisa, esta vez, era tan real y tan brillante como el sol del dibujo—. Este mapa ha sido increíble, pero... ¿cuál es el plan para mañana?

A Sofía se le iluminó la cara. Fue como si alguien hubiera encendido de golpe todas las luces de la casa dentro de ella. Se lanzó de rodillas hacia la caja de ceras, haciendo que varias rodaran por el suelo con un repiqueteo alegre.
—¡Mañana! ¡Mañana tenemos que encontrar el escondite del dragón que vive en la fuente! —declaró, cogiendo una cera de un rojo intenso—. ¡Y hay que dibujar el laberinto de los gatos dormidos y el gigante de nubes que se come los tejados!
Se sentó pegada a Lucía y empezó a trazar líneas rojas, rápidas y llenas de energía sobre el papel. Lucía sonrió y, con su cera azul, añadió un río serpenteante que cruzaba el mapa de lado a lado. Pronto, el folio blanco desapareció bajo un mundo nuevo, lleno de garabatos imposibles, monstruos amables y tesoros que solo ellas dos conocían.
Y mientras dibujaban, hombro con hombro, el olor a cera llenando el aire, aquel trozo de papel se convirtió en algo mucho más importante que un mapa. Era una promesa.

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